Sandra llegó sola a Blackwell Internacional como quien vuelve al campo de batalla sin escudo pero con la cabeza en alto, decidida a enfrentar lo que viniera sin mostrar debilidad ni permitir que nadie oliera el miedo en su piel. Desde el momento en que cruzó la recepción, las miradas se posaron en ella como cuchillas disfrazadas de respeto, algunas llenas de curiosidad, otras cargadas de temor y unas pocas teñidas de una sincera admiración. Nadie se atrevió a detenerla, nadie osó interponerse en su camino, porque en ese instante Sandra parecía irradiar una autoridad que iba más allá de cualquier cargo, título o apellido. Los pasillos parecieron abrirse por sí solos mientras las conversaciones se apagaban lentamente, como si un interruptor invisible se hubiese accionado

