Sandra apretó el borde del tocador hasta que los nudillos se le pusieron blancos, pero no bajó la mirada. Se sostuvo frente al espejo grande de su dormitorio, recorriéndose con la mirada, buscando hasta el más mínimo detalle que pudiera traicionar la imagen perfecta que deseaba proyectar. El vestido, de un tono vino tinto con sombras negras que parecían humo deslizándose sobre la tela, abrazaba su cuerpo con elegancia. No tenía tirantes y dejaba su espalda al descubierto y una apertura en la pierna que revelaba, de manera calculada, la línea firme de su muslo. La seda pesaba lo justo en sus curvas, como una segunda piel que parecía fusionarse con ella, envolviéndola en un aire de poder. —Respira, ¿qué puede salir mal? —se ordenó en voz baja, llenando su

