Dante Lowell dejó su copa en el borde de una mesa, sin apartar la mirada de Sandra. No era una observación descarada, pero en sus ojos había una intensidad calculada, la precisión de quien analiza un tesoro sin tocarlo, como si deseara desarmar capa por capa el misterio de su temple. Se abrió paso con naturalidad, sin pronunciar palabra, y los invitados, conscientes de su autoridad, se apartaban instintivamente, dejándole un camino despejado, como si una corriente invisible lo precediera. —Señora Holloway —saludó cuando llegó a ella con voz grave y cargada de autoridad, inclinando apenas la cabeza mientras su mirada se aferraba a la de ella—. Bienvenida —añadió, con una cadencia que parecía más promesa que simple cortesía. Sandra sostuvo su mirada sin pesta

