El reloj marcaba las diez y cuarenta de la noche cuando Mateo Cifuentes terminó de responder el último correo, con la espalda rígida y los dedos cansados de teclear. La luz azulada de la pantalla se reflejaba en su rostro, acentuando las sombras que los años y las decisiones habían dejado bajo sus ojos, como huellas que no se borran ni con el éxito ni con el tiempo. Afuera, Manhattan brillaba con su fulgor habitual, con sus avenidas iluminadas como venas ardientes que nunca descansaban, pero dentro de su apartamento el aire era espeso, detenido en una zona gris donde reinaba una estabilidad funcional, pero las emociones se hallaban en ruinas. Mateo, en el fondo, se sentía prisionero de esa calma aparente, como si viviera en un espacio congelado donde nada crecía ni mor

