Y si tenía una media naranja en su vida. * Se pasó el resto de la tarde dándole vueltas a su última pelea con Daniel. A pesar de lo molesto que era que le dijeran que no le caía bien a la gente del pueblo, y lo frustrante que resultaba estar compartiendo espacio con él, tenía que admitir que se había enamorado de la vieja casa. Y no sólo de la casa, sino también de la tranquilidad y el silencio. Daniel había querido saber cuándo iba a irse a casa, pero Emily empezaba a ser consciente que se sentía más en casa allí que en ningún otro lugar en el que hubiese vivido en los últimos veinte años. Con una oleada de entusiasmo recorriéndole las venas, Emily se apresuró hacia su teléfono, que seguía junto a la puerta, y llamó a su banco. Pasó por el menú automático e introdujo los códigos de seg

