5| Un cardenal rojo

1387 Words
La puerta se cerró con un estrépito sordo, pero Alina no la miró. Estaba completamente concentrada en la figura que se acercaba lentamente, como una sombra que amenazaba con envolverla. El sonido de los pasos de Damien resonaron en la habitación vacía, y ella sentía como si cada uno de esos pasos fuera un martillazo en su pecho. Su corazón latía con tal rapidez que temía que él pudiera oírlo, pero lo controló, de la misma forma que le habían enseñado a controlar sus respiraciones en la escuela de medicina ante una emergencia. No iba a mostrarle el miedo. No, tampoco iba a dejar que ese hombre viera su vulnerabilidad. Sin embargo, cuando Damien se detuvo frente a ella, lo supo. Él lo sabía. Le vio el temblor en las manos, lo notó en sus ojos, aunque ella intentó disimularlo. Su postura rígida, su mandíbula apretada, su respiración forzada, todo la delataba. Damien recorrió su cuerpo con su mirada, la ropa de Alina estaba aún húmeda por la lluvia y se adhería peligrosamente a su cuerpo, el mafioso admiró sus pezones marcados bajo la tela fría sobre sus pechos, antes de elevar su mirada a los ojos de la pelirroja. El aire entre ellos se hizo espeso, y Alina, a pesar de sus intentos de mantener el control, sentía cómo la incomodidad la invadía. El mafioso la observaba con una calma perturbadora, como si estuviera leyendo cada pensamiento que pasaba por su mente. Se acercó más, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo y el ambiente se volvió pesado, cargado de algo que Alina no quería comprender. —¿Por qué estoy aquí? —preguntó finalmente, con una voz desafiante, intentando mantener la dignidad que sentía que ya estaba perdiendo. De ninguna manera ese era su hogar y con cada segundo que pasaba en esa habitación con ese hombre, más preguntas llegaban a su cabeza. Los labios de Damien se curvaron en una ligera sonrisa, una que le heló la sangre. Había algo casi... divertido en su expresión, como si disfrutara de su incomodidad. Él dio un paso más hacia ella, y Alina no pudo evitar hacer un leve movimiento atrás, queriendo alejarse de la presencia tan dominante que él emanaba. —Porque quiero que cuides de Dante. —respondió él, con naturalidad, una simple explicación que para ella no fue suficiente. Sus palabras flotaron en el aire, pesadas, llenas de intenciones ocultas—. Necesito a alguien que cuide de él y tú pareces gustarle —agregó confundiéndola más. Alina no podía creer lo que acababa de escuchar. No podía creer que ese hombre la llevara a ese lugar solo por su hijo. Su mente se nubló por un instante. ¿Eso era lo que él quería? ¿Ella, una completa desconocida, iba a ser la niñera de su hijo? ¡¿Así de fácil?! Su corazón dio un vuelco y su estómago se contrajo en un nudo de incredulidad. Con rabia, separó los labios, dispuesta a enfrentarlo. No podía dejar que eso pasara, no podía aceptar lo que él decía. —¿Esta es tu forma de conseguir una niñera para tu hijo? —La indignación se filtró en sus palabras, la furia contra el trato que le estaba imponiendo, la rabia por haber sido arrastrada hasta ahí para algo tan humillante, Alina no era una niñera, ella era una residente de pediatría y eso no podría importarle menos al hombre frente a ella—. ¿Secuestrarme para que me convierta en una niñera? —cuestionó con rabia mezclada con incredulidad. Por más que lo pensaba no podía comprender como es que alguien sería capaz de hacerle eso. El silencio se hizo aún más pesado. Damien la observó, sus ojos grises brillando con un destello de diversión. No se inmutó, ni siquiera una pizca de emoción cruzó su rostro. Alina sintió una oleada de enojo al ver la forma en que la miraba, como si todo eso fuera un simple juego para él. —No es un secuestro —dijo él, su voz baja y precisa, sin prisa, como si estuviera explicando algo tan evidente que ni siquiera merecía discusión—. Yo lo llamaría... un acuerdo en proceso —dictamino, mientras sus manos se hundían en los bolsillos de su pantalón n***o. El mundo de Alina dio un giro inesperado. Esa palabra "acuerdo" le dio escalofríos. Eso no estaba ni cerca de ser un acuerdo. No era algo en lo que ella podía reírse o incluso intentar encontrarle algún tipo de lógica. Estaba atrapada, y algo en sus entrañas le decía que esto era solo el comienzo de algo mucho peor. —¿Un acuerdo? —Su voz salió en un susurro desafiante, sin poder ocultar lo absurdo que sonaba eso. Luego, miró a Damien fijamente, enfrentándolo—. ¡Eres un maldito! —soltó mientras su ceño se fruncia ¿Quién era Damien Brown? ¿Por qué carajos haría algo como eso? —Podría denunciarte, esto no es correcto —amenazó ella y Damien elevó ambas cejas. —Adelante, puedes ir a la policía, si lo deseas —dijo el hombre, su tono más frío que nunca—. Pero eso sería una estupidez, Alina. La policía no puede ayudarte. La ciudad es mía, no hay nadie que pueda enfrentarse a mí. Para Alina no quedaron dudas, Damien Brown, era un hombre peligroso y no quería imaginar cuánto. —Déjame ir, yo soy pediatra, no una maldita niñera —vociferó, aunque no tenía caso, la decisión de Damien estaba tomada. Para él, no había una persona mejor que ella para encargarse de lo más importante en su vida, su único hijo. —No te preocupes —continuó él, su voz ahora más suave, casi... susurrante—. Eres libre de irte en cualquier momento, doctora Everhart —dictaminó con simpleza, señalando la puerta. Antes de elevar una sonrisa y dar un paso más hacia ella. —Pero antes debes saber que he comprado cada una de tus deudas, el lugar donde vives, todo lo que posees ahora es mío, y si deseas librarte de mí, tendrás que pagarme cada centavo que he gastado en ti con intereses. Y créeme... no soy un hombre con mucha paciencia —advirtió él, con una chispa de excitación en sus ojos. Damien no quería asustarla, pero tampoco podía negar que deseaba someterla. La amenaza se filtró en sus palabras como un veneno, y Alina sintió su estómago volverse un nudo. ¿Una deuda? ¿Qué demonios estaba diciendo? No entendía cómo podía haber llegado a esta situación, pero lo que era aún peor era la claridad con la que Damien le hablaba, como si todo estuviera ya decidido. Como si ella no tuviera poder sobre nada. Y como si su forma de actuar fuera lo más normal del mundo. —Eres un hijo de puta —repitió Alina, sin poder evitarlo. Y aunque lo decía con rabia, la idea de la deuda se asentaba en su pecho, pesando sobre ella como una maldita losa. Damien sonrió, una sonrisa tan fría y calculadora que le heló la sangre. Dio un paso hacia ella, acercándose más, tan cerca que casi podía sentir su respiración. —Lo sé —respondió simplemente, como si fuera la cosa más natural del mundo. Sus respiraciones se entrelazaron cuando él inclinó su rostro cerca del de ella y Damien, disfrutando de cada instante, de cada emoción que recorría su cuerpo, sonrió con satisfacción. Había algo en ella, algo en su carácter feroz, que le excitaba más que cualquier otra cosa. Estaba atrapada, sí, pero no podía evitar la fascinación que le causaba su lucha. Damien la observó en silencio, Alina, era como un cardenal rojo: pequeña, delicada, y hermosa, pero con una resistencia que cautivaba. Su actitud desafiante le recordaba al ave, que, aunque frágil, desafiaba el viento y la jaula que le imponían. La mansión Brown, sería su jaula. Alina Everhart sería su delicado cardenal, si no aceptaba sus reglas. —¿Dime Alina. ¿Ahora quieres hacer un acuerdo? —preguntó Damien, sabiendo que la pelirroja estaba en sus manos, las cartas estaban sobre la mesa y ella no tenía otra opción que aceptar negociar por las buenas. O tendría que atenerse a las consecuencias por las malas.
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