Alina salió del hospital con los músculos tensos y el cansancio acumulado apretándole los hombros. Había tenido uno de esos días interminables, pero el encuentro con Damien y su hijo seguía fresco en su mente, como si aún pudiera sentir su presencia detrás de ella.
—¿Te llevo a casa? —preguntó Mark, un pediatra especializado que solía ser amable con ella.
Alina dudó un momento, pero el peso de sus pies la convenció —Sí, gracias —respondió al médico con una sonrisa.
El trayecto fue breve. Mark intentó iniciar una conversación trivial, pero Alina apenas lo escuchaba. Su mente estaba atrapada en el recuerdo de esos ojos grises, fríos y calculadores, que no la habían soltado ni un segundo mientras estaba con Dante.
—Aquí estamos —anunció Mark al detener el auto frente a su edificio, Alina estaba perdida en sus pensamientos que no notó que ya habían llegado, no obstante, lo disimuló bastante bien.
—Gracias, Mark. Que tengas buena noche —respondió la pelirroja mientras salía del auto con rapidez, deseando estar sola.
Cruzó el vestíbulo y apretó el numero 4 del ascensor, una vez que llegó a su departamento cerró la puerta con un suspiro, dejando caer su bolso sobre una silla. Se dirigió al baño, encendiendo la luz con un movimiento automático. Se miró en el espejo, pero evitó su reflejo por demasiado tiempo. Se inclinó hacia el lavabo y abrió el grifo, dejando que el agua helada fluyera entre sus dedos antes de lavarse la cara.
Al secarse con una toalla, sus manos temblaron levemente, y se detuvo, apretando la tela contra su rostro. Su respiración era lenta, pero profunda, como si intentara contener algo que luchaba por salir.
Damien.
El nombre atravesó su mente como un susurro oscuro. Podía ver su rostro con claridad, esa mandíbula fuerte, los tatuajes que asomaban bajo el cuello de su camisa. Pero, sobre todo, esa mirada intensa y peligrosos. La habían mirado como si pudiera ver más allá de su piel, como si pudiera desarmarla sin pronunciar una sola palabra.
Un escalofrío le recorrió la espalda. La tela de la toalla seguía apretada en sus manos, pero no hacía nada para detener la ola de emociones que la invadía.
«¿Por qué me miraba así?» se preguntó, su mente repitiendo el momento en que él había ordenado a sus hombres salir de la sala con un simple gesto. Esa sonrisa apenas perceptible en sus labios, cargada de una arrogancia que la había irritado.
—Es un hombre peligroso —murmuró en voz baja, como si decirlo en voz alta pudiera disipar su recuerdo.
Pero su cuerpo no cooperaba. Sus dedos apretaban el borde del lavabo, buscando estabilidad. Su corazón latía con fuerza, traicionándola con cada golpe. Alina respiró hondo y soltó la toalla, dejando que cayera al suelo.
Se dirigió a su cama, apagando las luces en el camino. Alina apretó los puños bajo las sábanas, tratando de ahuyentar esa sensación. Sabía que no debía pensar en él. Pero cada vez que cerraba los ojos, lo veía. Y lo peor de todo era que una pequeña parte de ella no quería que desapareciera.
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En otro lado de la ciudad. Damien se encontraba apoyado contra el marco de la puerta que daba al jardín trasero. El cristal reflejaba parte de su rostro, pero sus ojos estaban fijos en la pequeña figura de Dante. Su hijo corría de un lado a otro, lanzando risas mientras pateaba un balón. Había algo tranquilizador en verlo tan despreocupado, aunque fuera momentáneo. Sin embargo, la mente de Damien no compartía esa calma.
Escuchó el sonido de pasos acercándose antes de que Leonardo apareciera tras él. Su amigo y mano derecha tenía una expresión seria, como era habitual, aunque sus ojos reflejaban curiosidad contenida.
—Lo que pediste está aquí —anunció Leonardo, extendiéndole un sobre de cuero n***o con documentos en su interior.
Damien lo tomó con un gesto breve y lo abrió sin dejar de observar a su hijo. Sus ojos recorrieron las hojas con rapidez, absorbiendo cada detalle. Información precisa, sin adornos innecesarios, tal y como lo esperaba.
—Alina Everhart —murmuró su nombre, probándolo en sus labios como si fuera un secreto. Observó la fotografía de la muchacha. La intensidad en su mirada se profundizó mientras releía los puntos clave. Clase media, un departamento rentado, turnos interminables en el hospital, y lo más interesante: entre algunas deudas que para él eran insignificantes, había una deuda significativa que todavía no lograba saldar.
Leonardo cruzó los brazos, observando a Damien con una ceja levantada. Había pasado el tiempo suficiente cerca del, para saber que cada movimiento, cada palabra que Damien pronunciaba, tenía un propósito calculado.
—Es una chica normal, con una vida como la de cualquier ciudadano promedio. Su madre murió cuando era pequeña, vivió con su padre en California, hasta que este enfermó, de ahí adquirió la deuda para pagar el tratamiento, y su matrícula. Cuando esté murió, se mudó a Nueva York y es su segundo año como residente en ese hospital —explicó Leonardo sumando un poco de detalles.
Damien cerró el sobre y lo dejó sobre una mesa cercana. Sus dedos se movieron hacia el botón superior de su camisa, desabrochándolo para liberar un poco de la tensión en su cuello. Era un gesto pequeño, pero hablaba de un hombre que planeaba algo.
—Es... ordinaria —comentó, aunque el leve tono en su voz traicionaba algo más profundo. Su mente volvió a la imagen de Alina en el hospital. Su cabello rojo enmarcando un rostro que exudaba determinación. Sus manos firmes al tratar a Dante. Esos ojos ámbar que lo habían desafiado sin palabras. Y esa figura sensual, que no había pasado desapercibida para el mafioso. Alina tenía una vida común, era verdad, pero estaba lejos de parecerle ordinaria.
Leonardo soltó una breve risa, inclinando la cabeza. —¿Ordinaria? No lo parece, considerando que has mandado investigarla a fondo.
Damien se giró, enfrentándolo con esa mirada glacial que podía detener a cualquier hombre en seco. —Quiero que liquides esa deuda —determinó Damien.
Leonardo parpadeó, sorprendido por la orden. —¿Quieres que pague la deuda? —preguntó, aunque su tono implicaba que ya sabía que había más detrás de esa solicitud.
Damien dio un paso más, acercándose a la mesa para servirse un whisky. El líquido ámbar llenó el vaso con un sonido suave. Tomó un sorbo antes de continuar. —Págala. Y compra el edificio donde está su departamento —agregó dando un sorbo, observando antes el líquido dentro del vaso, del mismo color que los ojos de Alina.
Leonardo dejó escapar una risa, aunque su mirada permaneció fija en Damien. —¿Tanto te gusta? —cuestionó extrañado. Damien no hacía ese tipo de cosas por nadie—Tiene sentido. Liquidar deudas, asegurar un lugar para ella... Es bastante obvio —dictaminó frotando su barba de un tono más oscuro que su cabello.
Damien se giró lentamente, apoyando una mano en la mesa mientras lo miraba con una sonrisa helada. —Leonardo, parece que hoy amaneciste muy torpe. No quiero pagar su deuda para liberarla. Quiero comprarla —aclaró Damien, su voz suave, pero con un filo cortante. Dio un paso hacia Leonardo, el vaso en su mano girando lentamente entre sus dedos. —Quiero que me deba a mí.
Leonardo alzó una ceja, comprendiendo de inmediato lo que Damien planeaba. —Quieres atarla a ti —soltó con un resoplido.
Damien asintió, satisfecho de que finalmente lo entendiera. —Quiero que sepa que cada decisión que tome de ahora en adelante estará bajo mi control. Qué no tenga a donde ir. No quiero que tenga un refugio fuera de mi alcance.
Leonardo dejó escapar un suspiro, aunque había una ligera sonrisa en sus labios. —Eres un bastardo manipulador, Damien —soltó tocando sus molares superiores con su lengua.
Damien alzó el vaso, brindando como si tomara ese comentario como un cumplido. —Y por eso el imperio Brown sigue en pie —agregó con un tono autosuficiente.
El silencio entre ellos fue interrumpido por las risas de Dante, que seguía jugando en el jardín. Leonardo lo miró por un momento antes de volver a centrarse en Damien.
—¿Por qué ella? —preguntó finalmente.
Damien tardó unos segundos en responder. Su mirada volvió a perderse en el cristal de la puerta, donde la imagen de Dante era lo único que se movía.
Pensó que Dante no conocía a Alina, y sin embargo había confiado en ella, mientras con su voz cálida y completa empatía se dedicaba a atenderlo. Había una pasión por su trabajo mientras curaba a su hijo, una determinación que rara vez veía en alguien que no fuera en si mismo. Y por otro lado, desde que la vio supo que la quería en su vida.
Damien no sabía de qué forma, pero Alina Everhart le pertenecía, aún sin que ella lo supiera. —Porque no lo sabe, pero ya es mía —murmuró, su voz cargada de una certeza fría y peligrosa.
Leonardo lo observó, asintiendo lentamente. Sabía que no había vuelta atrás. Cuando Damien fijaba su atención en algo, lo obtenía. Sin importar el costo. —La chica te gusta, sería fácil obligarla a casarla contigo. Pero tú la quieres como niñera de tu hijo —dictaminó Leonardo, sin comprender del todo lo que Damien pretendía.
—Ya estuve casado una vez, no quiero una esposa, quiero alguien en quien Dante pueda confiar, alguien que lo cuide mientras yo no pueda hacerlo, solo eso —espetó, dirigiendo su mirada al cuadro en el salón principal, ese que mostraba a una mujer rubia, hermosa elegante. Aquella que desde su muerte el único que se atrevía a nombrarla era el pequeño Dante.
Damien bajó la mirada y poco después ambos hombres salieron de la mansión Brown, dejando a Dante de momento al cuidado de sus empleados, acudieron a aquel lugar donde tenían al hombre que aún no quería decir quien los había enviado a atacarlo. Estaba atado a una silla de madera, y Damien ya no tenía tanta paciencia para continuar con el interrogatorio.
Antes de que Damien ordenara que se lo llevaran de ahí, sabiendo que era un desgaste innecesario mantener con vida a un idiota que no tenía más información. Leonardo repitió que secuestrar a una mujer para cuidar del hijo del mafioso, no parecía una buena idea, no obstante, la ultima palabra siempre era de Damien Brown, y así fue como se ordenó a un grupo de hombres ir por Alina Everhart y llevarla ante el líder de la mafia neoyorquina.
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Esa tarde el ajetreo del hospital infantil de Manhattan se mantenía constante, y el aire estaba cargado de esa mezcla familiar de desinfectante y prisa. Alina ajustó el estetoscopio alrededor de su cuello mientras revisaba la lista de pacientes que debía atender esa mañana. Junto a ella, su amiga Erika quien era residente al igual que ella, estaba acomodando su uniforme.
—Sexo. Necesitas sexo —soltó Erika luego de examinar a su amiga, ver la tensión en sus hombros y todo el estrés que parecía asfixiarla.
Alina soltó una carcajada baja, sorprendida por la franqueza.
—Hablas como si fuera tan fácil. ¿Quieres que salga ahora mismo y busque a alguien? —preguntó con las manos en la cadera y una sonrisa.
—No estaría mal. Últimamente parece como si alguien te hubiera robado el alma.
El comentario hizo que Alina se detuviera por un momento. Era cierto, ese era su segundo año como residente y por lo tanto, aún no ganaba lo suficiente, sus deudas se seguían acumulando y con su extenso horario, Alina a penas tenía tiempo para sí misma.
La imagen de unos ojos grises y penetrantes cruzó su mente, arrastrándola de vuelta a ese encuentro reciente. Aquella mirada había sido un rayo, una descarga que la atravesó y la dejó intranquila. Suspiró sin querer, y Erika notó su distracción.
—¿Y bien? —insistió Erika, cruzando los brazos—. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste un pene entre tus piernas? —cuestionó bajando un poco la voz para que no pudieran oírla.
El rubor subió de golpe al rostro de Alina. Trató de desviar la conversación, pero su amiga la observaba con una ceja arqueada, claramente esperando una respuesta.
—Hace meses… supongo —murmuró.
Erika se llevó una mano al pecho, como si acabara de escuchar algo trágico.
—Dios mío, Alina. Si tienes que "suponer", entonces ha pasado tanto tiempo que técnicamente eres virgen otra vez —exclamó con una mirada de horror.
Alina no pudo evitar reírse. Erika siempre tenía ese efecto en ella, lograba hacerla olvidar por un momento las tensiones del día. Pero antes de que pudiera contestar, Mark, el pediatra que la había llevado a casa días atrás, pasó por su lado.
—Alina, ¿nos vemos en pediatría más tarde? —preguntó él, lanzándole una sonrisa que intentaba ser casual, aunque su interés era evidente.
—Claro, estaré ahí —respondió ella, notando cómo Erika la miraba con picardía tan pronto como Mark desapareció por el pasillo.
—Tienes muchos pretendientes ¿Qué dices de él? Es guapo, amable, y definitivamente interesado en ti.
—No estoy buscando nada ahora mismo —contestó Alina encogiéndose de hombros, no era que no disfrutara del sexo sin compromiso, pero justo ahora tenía muchas deudas de que ocuparse. Y no tenía cabeza para pensar en follar con nadie.
Más tarde, cuando salió del hospital, la lluvia caía con fuerza.
Alina apresuró el paso, sosteniendo su bolso contra su pecho mientras buscaba un taxi. El agua empapaba sus zapatos y la hacía sentir incómoda, pero lo que realmente la perturbaba era esa extraña sensación de estar siendo observada. Miró rápidamente por encima del hombro, pero no vio nada fuera de lo normal.
Aceleró el ritmo, escuchando cómo sus propios pasos resonaban en la acera mojada. Su respiración se volvió errática cuando esa sensación se intensificó. Había alguien detrás de ella. Estaba segura.
—Tranquila, Alina. Solo sigue caminando —murmuró para sí misma, intentando calmarse.
Sin embargo, antes de que pudiera llegar a la esquina, una mano firme se cerró alrededor de su brazo. Alina apenas tuvo tiempo de girarse antes de sentir un pañuelo húmedo cubriéndole la nariz y la boca. Su visión se nubló mientras intentaba luchar, pero sus fuerzas la abandonaron rápidamente. Todo se volvió oscuro.
Despertó luego en una habitación desconocida.
El techo alto y las paredes decoradas con detalles oscuros y elegantes no dejaban lugar a dudas: estaba en algún lugar lujoso. Intentó moverse, pero su cuerpo aún estaba aturdido por el efecto del sedante. Fue entonces cuando lo vio.
Damien Brown estaba de pie junto a la puerta, observándola con esa misma mirada fría e intensa que la había desconcertado días atrás. Alina había sido secuestrada por el padre de Dante y justo ahora le daba la bienvenida mientras los labios de Alina se apretaban, tratando de comprender ¿que carajos estaba sucediendo?