En el trayecto de regreso, Damien mantuvo la mirada atenta en el camino, aunque esta vez regresaba custodiado por más de una decena de hombres, no se permitió bajar la guardia.
Cuando llegaron, el portón de su mansión se abrió revelando a los guardias que la custodiaban, pronto la camioneta cruzó la entrada y una vez que se detuvo, dos hombres de seguridad se acercaron rápidamente, abriendo la puerta trasera, para que Damien saliera con Dante en sus brazos, lo había tomado con cuidado, asegurándose de no perturbar su descanso, pues se había quedado dormido en el asiento.
El mafioso de 35 años recorrió el perímetro de la mansión con la mirada antes de adentrarse en ella, su postura seguía siendo rígida, a pesar de estar fuera de peligro.
En el umbral de la mansión lo esperaba Leonardo Moretti, era su segundo al mando y ya estaba al tanto de lo ocurrido, portaba un traje impecable y su expresión era casi tan severa como la de el jefe de la mafia.
—Espérame en mi despacho —dijo Damien en tono bajo, sin detenerse.
Leonardo asintió, observando cómo su jefe y amigo subía las escaleras con su hijo en brazos, desapareciendo por
el pasillo oscuro que llevaba a las habitaciones.
Damien empujó suavemente la puerta de la habitación de Dante con su hombro y caminó en silencio. Colocó al niño sobre la cama, le puso su pijama con cuidado mientras lo observaba. Dante era tan pequeño, tan vulnerable, y esa noche lo había demostrado de la peor manera.
—Descansa —murmuró Damien, en un susurro que no llevaba rastro de la dureza habitual. Los ojos del niño se entreabrieron, somnolientos observando a su padre, mientras este terminaba de cubrir su pequeño cuerpo con las sábanas.
—¿Vas a estar aquí? —preguntó, su voz débil.
Damien acarició suavemente su cabello.
—Tengo que arreglar unas cosas, pero estaré cerca. Prometo que estarás seguro —soltó con su voz grave.
Dante asintió, y sus parpados volvieron a cerrarse mientras el sueño lo vencía. Damien permaneció ahí unos segundos más, asegurándose de que el niño estaba cómodo antes de levantarse y salir de la habitación.
Cuando llegó al despacho, Leonardo estaba junto a una pequeña barra sirviéndose un whisky.
Damien cerró la puerta tras de sí, quitándose la chaqueta y lanzándola sobre el respaldo de una silla. Luego se acercó a la barra y se sirvió su propio vaso, aunque no bebió de inmediato.
—¿Cómo salió todo? —preguntó Leonardo finalmente, rompiendo el silencio mientras se apoyaba contra la barra, sosteniendo el vaso entre sus dedos.
Damien se giró hacia él, con un resoplido.
—Capturamos a dos —respondió, su tono seco—. Pero uno se quitó la vida en el camino.
Leonardo frunció el ceño, llevándose el vaso a los labios.
—¿Qué tan cerca estuvieron? —cuestionó Leonardo, hacía mucho tiempo que no recibían un ataque y era alarmante que el ataque fuera dirigido al mismo líder de la mafia, eso hablaba de alguien que buscaba más que molestarlo.
Damien apretó la mandíbula, dejando el vaso sobre la barra sin haberlo probado.
—Demasiado. Dante no debería haber estado ahí. Fue un error llevarlo conmigo —dictamino, sabiendo que llevar a dante había sido una pésima idea. Pero en su mansión no había nadie con quien Dante pudiera quedarse. Desde que su madre murió cuando él tenía tres años, Dante no confiaba en nadie, él solo se sentía seguro con su padre.
Leonardo asintió, mostrando una expresión seria pero comprensiva. Sabía que Damien no se perdonaría ese descuido.
—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó a su líder, quien caminó deteniéndose frente al ventanal que daba al jardín. Damien miró hacia afuera, al terreno vasto y perfectamente cuidado. Su voz fue baja, pero cargada de una determinación fría.
—Dante necesita una niñera. Alguien en quien pueda confiar la vida de mi hijo.
Leonardo lo observó en silencio, procesando sus palabras. Finalmente, preguntó:
—¿Tienes a alguien en mente?
Damien se quedó quieto, observando el exterior de su propiedad en calma. Contra su voluntad, su mente lo llevó de vuelta al hospital. Vio a Alina, su cabello cobrizo atado en una coleta, sus ojos ámbar desafiándolo sin temor, sus labios carnosos cuando con voz firme exigía que sus hombres salieran de la sala. Fue un pensamiento fugaz, pero lo suficiente para que un calor incómodo se instalara en su pecho.
Carraspeó, apartando la imagen de inmediato.
—No —dijo finalmente, su tono más frío de lo necesario—. Pero necesitamos encontrar a alguien cuanto antes.
Leonardo frunció el ceño ligeramente, notando el cambio en su tono, pero no comentó nada. En lugar de eso, terminó su whisky y dejó el vaso sobre la barra con un suave golpe.
—Yo me ocuparé de eso. Buscaré a alguien confiable, alguien que no levante sospechas.
Damien asintió, volviendo hacia la barra para tomar finalmente un sorbo de su bebida. El líquido quemó su garganta, pero no relajó la tensión en su cuerpo.
—Hazlo rápido —dijo finalmente, su tono bajo pero decidido—. Lo de hoy no puede volver a suceder.
Leonardo asintió, su lealtad y determinación tan firmes como siempre.
—Considéralo hecho —respondió terminando su whisky de un solo trago, dejando el vaso sobre la barra con un golpe seco. él salio de la oficina, preguntándose quién sería capaz de ganarse la confianza de Damien y, más importante aún, la de Dante. Encontrar a la persona adecuada no sería una tarea fácil.
Damien, por su parte, también salió de la oficina al terminar su licor, caminó por los pasillos oscuros de la mansión, deteniéndose un momento frente a la puerta de la habitación de Dante, abriéndola apenas lo suficiente para mirar dentro. Su hijo dormía profundamente, su pequeño cuerpo relajado bajo las mantas.
Un extraño alivio se asentó en su pecho, pero no lo dejó bajar la guardia. Sus enemigos habían dado un paso demasiado cerca esa noche, y él se aseguraría de que no volvieran a hacerlo.
Con esa determinación en mente, cerró la puerta y continuó su camino, su mente dividida entre la seguridad de su hijo, la búsqueda de alguien de confianza y todo lo ocurrido ese día.
Damien fue a su habitación, cerrando la puerta tras de sí con un leve chasquido. La mansión estaba en completo silencio, pero su mente era un torbellino.
Con un movimiento brusco, desabrochó los botones de su camisa y la dejó caer al suelo. Su torso quedó al descubierto: musculoso, perfectamente esculpido, con tatuajes que cubrían su piel como un mapa de secretos y pecados. Runas y líneas negras se entrelazaban con imágenes que contaban historias de su vida, de su pasado.
Se pasó una mano por el cabello oscuro, despeinándolo aún más, mientras dejaba escapar un suspiro. Se dirigió al baño adjunto, abriendo el grifo para echarse agua fría en el rostro. El reflejo que lo miraba desde el espejo era el de un hombre implacable.
Entonces un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Damien se giró justo cuando la puerta se abrió lentamente, y Dante apareció en la entrada. Su rostro estaba pálido, sus ojos brillaban más de lo normal, y su cuerpo parecía frágil bajo su pijama.
—Papá… me siento mal —dijo Dante, con una voz débil que hizo que el pecho de Damien se contrajera.
En un instante, Damien se acercó y se arrodilló frente a él, colocando una mano en su frente. La fiebre estaba ahí, su calor evidente al tacto.
—Vamos al hospital —dijo Damien, pensando que llamar a un médico no era una opción, pues no dejaría que nadie más pusiera un pie en su mansión esa noche, no hasta saber quién lo había atacado.
Dante lo miró, con sus ojitos cansados y temblando de frío.
—¿Crees que estará la doctora de cabello de fuego? —preguntó con curiosidad mientras sus mejillas se sonrojaban por la fiebre.
Damien alzó una ceja, sorprendido por la pregunta.
—Probablemente no —respondió, en un tono neutral.
Dante bajó la mirada, pero murmuró antes de que Damien pudiera levantarse.
—Ojalá esté ella.
Damien no dijo nada más. Se limitó colocarse la camisa y su chaqueta, luego tomó a su hijo en brazos y a dirigirse hacia la salida. Sin embargo, que Dante la mencionara fue algo que llamó su atención, pues Dante no era un niño común, no se fiaba de la gente, él solo confiaba en su padre. Pero la doctora Everhart tenía algo, algo que sin duda tenía su imagen en la mente de ambos.
Damien llegó con Dante al hospital en su camioneta, acompañado por dos de sus hombres que lo siguieron hasta la entrada. Caminó con su hijo en brazos, mientras el resto esperaba afuera sin llamar mucho la atención.
En ese momento, Alina Everhart salió de una de las salas. Su cabello cobrizo ahora estaba suelto bajo las luces blancas del hospital, se había cambiado de ropa, pero su bata blanca le daba un aire de profesionalidad que contrastaba con la firmeza de su mirada. Había sido llamada de emergencia antes de abordar su taxi, ya que la pediatra residente no había podido llegar.
La residente de pediatría peinó uno de sus cabellos y lo colocó detrás de su oreja, cuando sus ojos se encontraron con los de Damien al instante.
Él la miró fijamente, sus pupilas recorriendo cada detalle de su rostro: la curvatura de sus labios, el leve ceño que fruncía cuando estaba concentrada, y la intensidad de esos ojos ámbar que parecían atravesarlo.
—Sala dos —indicó Alina con un gesto hacia los pasillos, y aunque ver al mafioso hizo que los vellos de su nuca se erizarán, se mantuvo profesional.
Damien movió ligeramente la cabeza hacia sus hombres, ordenándoles que se quedaran fuera. Ambos vacilaron, pero obedecieron. La mirada de Alina no se apartó de Damien mientras este entraba a la sala con Dante, cerrando la puerta detrás de él, era demaciado grande, casi alcanzaba los dos metros de altura.
—Colóquelo en la camilla, por favor —pidio la pelirroja. Damien se inclinó para colocar a su hijo en la camilla y cuando ella se acercó a Dante, su bata médica se abrió. Captando la mirada de Damien, quien arqueó una ceja al observar el tamaño de sus pechos, eran grandes, aunque estaban cubiertos con una blusa azul, que en realidad no ocultaba su tamaño.
Damien no dijo una palabra, pero no apartó la mirada de sus senos ni un segundo, se notaban firmes, probablemente a penas podría cubrirlos con sus grandes manos. Cuando Alina sintió la intensidad de su mirada, frunció el ceño, decidió ignorarlo y se dirigió al niño.
—¿Me recuerdas? —preguntó Alina a Dante—. Soy la doctora Alina Everhart —avisó a Dante. Había algo en su presencia que intrigaba al mafioso, algo que no podía ignorar y no eran solo sus grandes tetas.
Damien vio cómo revisaba a Dante, su expresión cambiaba de profesional a preocupada con una fluidez que hablaba de su experiencia, aunque ella se notaba bastante joven.
—Tiene fiebre, pero no es nada grave. Le daremos algo para bajar la temperatura —dijo Alina, sonriendo levemente a Dante.
El niño la miró con adoración, como si ella fuera la única persona capaz de salvarlo. Alina le habló en un tono suave, explicándole lo que iba a hacer mientras sacaba un termómetro y un medicamento líquido. Damien la observó con detenimiento, fijándose en los pequeños detalles: la forma en que arrugaba ligeramente la nariz cuando escribía algo, cómo su cabello caía sobre su rostro y ella lo apartaba con un movimiento rápido.
—Deberá asegurarse de que tome mucho líquido y descanse. Si la fiebre vuelve, dele otro de estos sobres, pero no más de tres en veinticuatro horas —indicó Alina alzando su rostro para poder ver a la cara a Damien.
El mafioso asintió lentamente, al tiempo que la piel de Alina se achinaba cada vez que miraba sus ojos grisáceos, el hombre era malditamente apuesto, pero los tatuajes que sobresalían de su cuello y en sus manos, lo hacían lucir intimidante y malvado.
Esa era la segunda vez que Alina veía a Damien, y aunque esta vez nadie fue amenazado, su corazón latió muy rápido ante su presencia.
—Gracias, doctora Alina —dijo Dante con sus ojitos brillantes, su voz baja pero dulce. El niño sonrió, y Damien lo levantó en brazos, intercambió una mirada con la joven mientras tomaba los sobres para la fiebre, fueron segundos que se sintieron eternos. Segundos en los que Alina sintió un fuerte escalofrío recorrerla, entonces Damien salió del consultorio. Sus hombres se unieron a él, siguiéndolo mientras se dirigían a la camioneta.
Una vez que abordó el asiento trasero, observó a Dante, quien se veía mucho mejor que cuando llegaron. Sacó del bolsillo de su chaqueta su celular y llamó a Leonardo.
—Quiero que averigües todo sobre Alina Everhart —dijo Damien en cuanto Leonardo atendió su llamada, su voz fría y calculadora. Damien miró hacia el hospital, donde las luces seguían brillando en la ventana de la sala donde había estado. —Ya encontré quién se hará cargo de mi hijo.