Damien ajustó los puños de su camisa blanca impecable, mientras él brillo de sus gemelos de oro atrapaba la luz tenue del vestidor. Frente al espejo, su reflejo le devolvió una mirada fría y calculadora, la misma que usaba como un escudo impenetrable contra el mundo. Mientras acomodaba el cuello de su traje negrø hecho a medida, dejó escapar un suspiro. Las reuniones de negocios podían ser tediosas, pero necesarias. Sobre todo, cuando implicaban mantener en funcionamiento el vasto imperio que los Brown habían construido: tráfico de armas, lavado de dinero, una red impenetrable que fluía como un río oscuro por Nueva York y más allá.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Cuando la figura menuda de su hijo Dante apareció en su habitación. Observó a su padre con el ceño fruncido, el pequeño tenia algunas expresiones similares a las de Damien. Aunque sus ojos no eran grises, eran más bien de un verde esmeralda.
—¿A dónde vas? —preguntó Dante con su habitual tono infantil, aunque pretendía sonar más grave, algo inusual para un niño de cinco años.
Damien frunció el ceño, cruzando los brazos. Aunque trataba de mantener su fachada de autoridad, Dante era el único capaz de romper esa máscara, aunque fuera un poco.
—A una reunión —respondió con simplicidad, acomodándose la chaqueta.
—Quiero ir contigo —pidió el pequeño con una mirada apenas suplicante.
La declaración fue directa, sin un atisbo de duda. Damien alzó una ceja, evaluando la situación. Dante rara vez pedía algo, y cuando lo hacía, era casi imposible negarse. Sin embargo, llevarlo a una reunión de negocios, incluso una rutinaria, no era algo que le entusiasmara.
—No es un lugar para niños, Dante —declaró Damien con un tono serio.
—No me importa. Quiero ir —insistió el pequeño cruzando los brazos, reflejando la misma terquedad que su padre.
Damien apretó la mandíbula, debatiéndose internamente. Sabía que dejarlo en la mansión no era una opción. Tres niñeras habían salido huyendo esa semana, incapaces de soportar la tensión de trabajar en la casa de un mafioso (aunque no sabían que lo era). Y, siendo honesto, tampoco confiaba en nadie más para cuidar de su hijo.
Finalmente, soltó un leve suspiro.
—Está bien. Pero te quedas con los hombres, y no te mueves de su lado.
Dante asintió con la cabeza, satisfecho con la respuesta, y salió de la habitación con la misma seriedad con la que había entrado. Damien lo siguió poco después, ajustando los últimos detalles de su vestimenta mientras mentalmente se preparaba para lo que venía.
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El restaurante estaba discretamente ubicado en una esquina apartada de Manhattan, uno de esos lugares donde las paredes parecían absorber los secretos de sus clientes habituales. Damien llegó acompañado de solo tres hombres, un número mínimo comparado con el séquito que solía escoltarlo. La reunión era con un cliente de confianza, alguien que manejaba una de las rutas clave para el tráfico de armas en el estado.
Dante, vestido con un abrigo gris oscuro y pantalones a juego, se quedó en una mesa cercana, sentado entre dos de los hombres de Damien. Aunque era solo un niño, su comportamiento era inusualmente reservado. Miraba a su alrededor con ojos atentos, sus pequeños dedos jugueteando con el borde del mantel mientras en su otra mano sostenía un lápiz de color azul y coloreaba en una hoja apoyada en la mesa.
—No te alejes de ellos —le advirtió Damien antes de dirigirse a la mesa principal.
Dante simplemente asintió, sin apartar la mirada de su padre.
La reunión comenzó con el cliente, un hombre robusto llamado Vincent Marino, extendiendo una mano en señal de saludo. Damien lo ignoró por completo, optando por sentarse y fijar en él una mirada penetrante que bastó para imponer autoridad.
—Vincent —saludó Damien con voz baja y grave.
—Brown —respondió Vincent, recogiendo su mano con una ligera sonrisa incómoda.
Los primeros minutos se llenaron de formalidades, discusiones sobre envíos y rutas, balances que debían cuadrar y posibles movimientos futuros. Damien escuchaba más de lo que hablaba, su presencia era tan abrumadora que hacía innecesario alzar la voz.
Mientras tanto, Dante observaba desde su mesa, apoyando la barbilla en una mano.
—Es un acuerdo sencillo, Vincent —dijo Damien finalmente, cortando con un gesto cualquier intento de alargar la charla—. Si no puedes garantizarme seguridad en la ruta, entonces no tienes cabida en este negocio.
Vincent se removió incómodo en su asiento, asintiendo rápidamente.
—Por supuesto. Lo garantizo.
Damien inclinó la cabeza ligeramente, dando por concluida la reunión. Se levantó con la misma tranquilidad con la que había llegado, ajustando la manga de su chaqueta mientras Vincent se despedía con una mezcla de alivio y respeto.
Cuando volvió a la mesa de Dante, el niño levantó la vista, como si supiera que su padre había tenido exito en la reunión.
—¿Terminaste? —preguntó con su habitual seriedad.
—Sí, nos vamos —avisó Damien al pequeño.
Dante se deslizó del asiento, tomando la mano de su padre sin decir nada más. Era un gesto sencillo, pero para Damien, significaba mucho.
El aire frío de la noche los recibió al salir del restaurante. Damien caminó con paso firme hacia la camioneta que los esperaba al otro lado de la calle, con Dante de la mano y sus hombres cerrando filas a su alrededor. La rutina parecía inalterada, una noche más en la vida del líder de la mafia Brown.
Pero entonces, algo cambió.
Un ruido seco, como un disparo ahogado, rompió el silencio. Damien reaccionó al instante, tirando de Dante hacia él y colocando un brazo protector frente a su hijo mientras sus hombres se movilizaban.
—¡Cúbranlos! —ordenó con voz firme, mientras sus ojos grises recorrían la calle en busca de la amenaza.
Los disparos comenzaron a multiplicarse y el caos se desató en cuestión de segundos. Dante se aferró al abrigo de su padre, enterrando su rostro en el costado de Damien mientras los hombres de este respondían al ataque.
Damien mantuvo la calma y su mirada continuó fría mientras observaba todo. Era un hombre acostumbrado al peligro, pero la presencia de su hijo añadía un peso diferente a la situación.
—¡A la camioneta, ahora! —gruñó, empujando a Dante hacia uno de sus hombres mientras cubrían su retirada.
Los disparos cesaron momentáneamente, y Damien aprovechó el instante para asegurarse de que Dante estaba a salvo dentro del vehículo antes de subirse él mismo.
El sonido del motor rugió mientras la camioneta se alejaba a toda velocidad.
Una vez sentado en el asiento trasero de la camioneta blindada, Damien ajustó el cinturón de seguridad de su hijo. Afuera, el sonido de neumáticos chirriando y motores rugiendo rompía el silencio de la noche. Las luces de dos vehículos enemigos brillaban a lo lejos, acercándose peligrosamente.
Dante, pese a su corta edad, mantenía su rostro serio y sus ojos esmeralda fijos en el cristal de la ventana. Aunque tenía solo cinco años, no era un niño común. Y lo que más detestaba era verse débil ante su padre.
—¿Estás bien, Dante? —preguntó Damien, girándose hacia su hijo, su voz fue baja y calmada, aunque sus ojos grises no ocultaban la preocupación que sentía.
—Sí, papá —respondió el niño, sin apartar la vista de las luces delanteras de los vehículos enemigos por el retrovisor—. No me asusta —dijo Dante, aunque su lenguaje corporal decía todo lo contrario.
Damien esbozó una sonrisa breve, casi imperceptible. El orgullo y el dolor se mezclaban en su pecho. Dante era su mayor debilidad, la única grieta en su armadura.
—Que no te asusten no significa que no debas estar alerta —respondió Damien, ajustando su reloj mientras lanzaba una mirada fría a uno de sus hombres—. ¿Qué tan lejos están? —preguntó al conductor, uno de los más experimentados de la mafia Brown, el hombre miró brevemente por el espejo retrovisor.
—Cerca, señor. Pero estamos ganando algo de terreno.
—No es suficiente. Pierdelos —ordenó Damien, demandante.
El chófer asintió y la camioneta giró bruscamente en medio de la carretera. Dante se aferró al asiento, sus pequeños dedos tensándose en el reposabrazos mientras su cuerpo era empujado hacia un lado por la inercia. Damien extendió un brazo para protegerlo instintivamente, pero la maniobra, aunque efectiva, no fue perfecta, pues otro auto salió de la nada y se impactó con ellos.
El movimiento hizo que Dante se golpeara el costado de la cabeza contra la ventana y también hizo que se lastimara el brazo.Un gemido ahogado escapó de sus labios, aunque rápidamente lo reprimió.
—Dante... —murmuró Damien, girándose hacia él. Mientras veía como una de sus pequeñas manos se movió hacia su brazo, que ahora estaba doblado de forma incómoda, mientras un leve corte en su frente comenzaba a sangrar.
Damien sintió un nudo formarse en su garganta. No era frecuente que el miedo lo alcanzara, pero ver a su hijo herido encendió una furia que no podía controlar.
—¡Maldición! —gruñó, desenfundando su arma.
El ruido de los disparos resonó en el aire cuando Damien bajó la ventana y disparó con precisión hacia el vehículo que los había impactado y de esa forma le impidió marcharse.
—Señor, los refuerzos están en camino —informó otro de sus hombres por el auricular.
—Que aceleren. Y asegúrense de que no quede ni uno vivo —respondió Damien, con una mirada que podía helar la sangre.
No pasó mucho tiempo antes de que otra camioneta negra se uniera a ellos. Los refuerzos de la mafia Brown llegaron como una tormenta, disparando con precisión y forzando al vehículo restante a detenerse. Hombres armados se movieron con velocidad, rodeando el auto enemigo.
—Dos están vivos, señor —informó uno de los refuerzos.
Damien guardó su arma, su mirada fija en el vehículo capturado. Su voz sonó como un trueno cuando dio la orden:
—Llévenselos. Quiero respuestas.
Sin perder tiempo, regresó su atención a Dante, quien ahora estaba más pálido, pero aún se mantenía fuerte.
—¿Dónde está el hospital más cercano? —preguntó Damien al conductor, su voz ahora cargada de urgencia.
—El hospital infantil de Manhattan está a diez minutos, señor —avisó el hombre.
—Entonces lleva a mi hijo ahí ahora mismo —dictaminó Damien con la mandíbula apretada.
El conductor no necesitó más instrucciones. La camioneta aceleró mientras el resto de los hombres de Damien aseguraban la zona y se ocupaban de los rehenes. Dentro del vehículo, Damien se inclinó hacia Dante, limpiando con cuidado la sangre que se deslizaba por su frente.
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Hospital infantil de Manhattan
—Tranquilo, Marco. Sólo será un piquete pequeño. —dijo Alina Everhart con un tono cálido y reconfortante. Se inclinó frente al pequeño de siete años, con una sonrisa que hacía que incluso el más asustado de los pacientes se sintiera seguro. Tenía el cabello recogido en una coleta alta, pero algunos mechones rojizos caían sobre su frente, dándole un aire despreocupado y amable.
El niño la miró con ojos llorosos, abrazando a su peluche como si este fuera su única salvación. Entonces Alina le ofreció una mano.
—¿Quieres que te cuente un secreto? —susurró, hacia él. El niño asintió lentamente.
—Los valientes siempre cierran los ojos y cuentan hasta tres. Cuando los abren, ¡el dolor ya no está! —mencionó arrugando su nariz, el niño sonrió, aunque tembloroso.
Alina mantuvo su sonrisa mientras la enfermera preparaba la vacuna. Marco cerró los ojos y empezó a contar.
—Uno… dos… tres… —exclamó con fuerza, abriendo los ojos. —¿Ya? —preguntó temeroso.
—¡Ya! —exclamó Alina con entusiasmo, levantando los brazos como si él acabara de ganar una medalla de oro. —Eres oficialmente el paciente más valiente de todo el hospital —aseguró la pelirroja. El pequeño sonrió ampliamente, mostrando un hueco donde antes había un diente de leche. Su madre, de pie junto a la camilla, le dio una mirada agradecida a Alina.
—Gracias por ser tan paciente con él, doctora Everhart.
—Es mi trabajo, señora García —respondió ella con una sonrisa, observando a la mujer marcharse con el niño.
El reloj marcaba casi las diez de la noche cuando Alina terminó con los pacientes en su lista. Como cada día, ese había sido caótico; el llanto de niños, el sonido de los monitores, y el ir y venir de médicos y enfermeras. Pero Alina, aunque joven, sabía cómo moverse.
El agua tibia corría entre sus dedos mientras Alina, exhausta pero satisfecha, completaba el ritual que finalizaba su turno. La rutina de lavar sus manos al final del día era casi terapéutica. Su bata blanca, ahora estaba algo arrugada, colgando de su figura esbelta mientras observaba su reflejo en el espejo del lavabo.
—Un día más —susurró para sí misma, con un suspiro que mezclaba alivio y cansancio.
Su turno como residente de pediatría había terminado. Los pasillos del hospital infantil, normalmente llenos de actividad, estaban ahora en calma. La luz fluorescente hacía que todo pareciera un poco más frío, un poco más ajeno. Alina pasó una mano por su cuello, estirándolo para aliviar la tensión acumulada.
Sin embargo, cuando cerró el grifo y se giró para marcharse, una sensación extraña se apoderó de ella. El silencio era diferente. No era el habitual de la noche, sino uno pesado, tenso. Alina frunció el ceño, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
Caminó hacia la salida, deteniéndose al notar que las enfermeras hablaban en susurros apresurados. Algo no estaba bien. Se asomó al pasillo y su corazón se detuvo al instante. Al final del corredor, un hombre con un arma estaba de pie, vigilante.
Su primera reacción fue abrir los ojos desmesuradamente, como si su cerebro tardara en procesar lo que veía. Tragó con dificultad y dio un paso atrás, su pecho subiendo y bajando rápidamente mientras el pánico comenzaba a burbujear en su interior.
Regresó al consultorio apresuradamente, casi por inercia, pero al cruzar la puerta encontró a dos enfermeras de turno, ambas con expresiones de pánico evidente. Ellas no estaban solas.
En el centro de la habitación, Damien Brown estaba de pie, irradiando una presencia que dominaba el espacio. Su traje negrø impecable parecía absorber toda la luz de la habitación, y su postura erguida y dominante lucía malditamente peligrosa.
A su lado, estaba el pequeño Dante, permanecía erguido, pero ligeramente escondido detrás de él. Sus ojos esmeralda eran grandes, alertas y llenos de una desconfianza aprendida demasiado pronto. Alina dirigió su mirada a tres hombres más, cada uno con armas visibles, estos custodiaban el lugar como sombras amenazantes.
—¿Es que no hay nadie competente en este maldito hospital? —preguntó Damien con voz grave, sus palabras como látigos que hicieron que una de las enfermeras dejara caer un termómetro al suelo.
El ruido del termómetro resonó en la habitación, pero nadie se movió. La doctora residente del siguiente turno aún no había llegado, y las enfermeras entraron en pánico.
Alina apretó los labios y avanzó con su corazón latiendo fuerte, aunque se obligó a ocultar el nerviosismo que sentía.
—Si quiere que atendamos al niño, sus hombres deben esperar afuera —dijo Alina, con un tono tan firme como respetuoso.
El mafioso giró su cabeza hacia ella, sorprendido por su atrevimiento. Sus ojos grises la analizaron de pies a cabeza. Alina sintió el peso de su mirada, pero no bajó la suya—. Están asustando a las enfermeras, y en este estado nadie puede hacer su trabajo adecuadamente —continuó, señalando sutilmente las manos temblorosas de una de las enfermeras.
Hubo un momento de silencio, como si nadie respirara, esperando la reacción del hombre. Finalmente, con un gesto casi imperceptible, él levantó una mano, y los hombres armados abandonaron la sala uno por uno.
—Soy la doctora Everhart —se presentó, tomando una linterna de su escritorio y arrodillándose frente al niño—. ¿Me permites revisarte? —preguntó ahora con un tono dulce.
El pequeño no respondió de inmediato. Sus ojos viajaron a Damien, buscando aprobación, Dante sabía que no debía hablar con extraños.
—Dante —intervino Damien, con un tono bajo y autoritario, aunque esa mirada intensa se volvió ligeramente vulnerable al mirar a su hijo—. Déjala revisarte.
El niño asintió lentamente, aunque su postura seguía tensa. Alina le dedicó una sonrisa cálida, tratando de romper la barrera de desconfianza.
—No te haré daño, lo prometo. Solo quiero asegurarme de que todo esté bien contigo —dictaminó y Dante relajó un poco los hombros, luego extendió su brazo lastimado. Alina encendió la linterna y comenzó a examinarlo, sus movimientos fueron seguros y delicados. Aunque su corazón seguía acelerado.
—Eres muy valiente, ¿sabes? No todos los niños de tu edad serían tan fuertes —comentó mientras palpaba con cuidado la zona hinchada.
—No me duele tanto —respondió Dante en voz baja, aunque sus labios temblaron ligeramente al sentir un poco de presión.
Mientras trabajaba, podía sentir la mirada de Damien clavada en ella. Era una sensación intensa, casi asfixiante. Cada vez que alzaba la vista, se encontraba con esos ojos grises, profundos y peligrosos.
—Señor... —comenzó Alina, intentando llenar el silencio tenso mientras limpiaba la sangre seca del costado de la cabeza del niño.
—Brown… Damien Brown —declaró él, mientras mantenía la espalda erguida y las manos en sus bolsillos.
—¿Cómo ocurrió esto, señor Brown? —cuestionó Alina. Aquella pregunta era rutinaria, no obstante, en el fondo, la pelirroja sentía un poco de curiosidad por ese hombre y su hijo.
Damien frunció los labios, su expresión endureciéndose aún más.
—Un giro brusco en el auto —respondió sin más, su tono dejando claro que no debía hacer más preguntas.
Alina asintió, comprendiendo el mensaje. Había algo en él, en la forma en que se comportaba y en los hombres que lo custodiaban, que le decía que no era alguien ordinario. Era peligroso, eso era evidente. Alina mordió el interior de sus labios, mientras sus ojos ámbar se cruzaban con los de él. El tipo tenía una maldita mirada intensa, y esa forma en la que la miraba, no parecía normal.
Con manos hábiles, terminó de limpiar la herida en la cabeza de Dante. El niño la observó con curiosidad al sentir la calidez de sus manos aún con los guantes puestos.
—Todo parece estar bien, pero me gustaría estar completamente segura —dijo Alina mientras palpaba el brazo de Dante con cuidado—. Necesito que lo vean en imágenes avanzadas, para hacer una tomografía.
Damien la observó, inmóvil. Su expresión era inescrutable, pero sus ojos grises brillaban con una intensidad que hacía difícil sostenerle la mirada.
—¿Tú me vas a acompañar? —preguntó Dante en un murmullo, con una mezcla de esperanza y desconfianza.
Alina sonrió, inclinándose ligeramente hacia él.
—Por supuesto —aseguró ella, aunque no solía acompañar a sus pacientes, pensó que era bueno que el niño tuviera confianza en ella.
Damien levantó una ceja, sorprendido, pues bien sabía que Dante no permitía que se acercaran mucho. Sin embargo, no dijo nada.
Alina caminó al lado de Dante, mientras su pequeña mano se aferraba a la suya con más confianza de la que esperaba. Damien los siguió en silencio, observándolos a ambos.
Cuando llegaron al área de imágenes avanzadas, Alina habló con el técnico, explicándole que área quería revisar. Dante la miró nervioso, pero ella mantuvo su tono calmado.
—No va a doler nada, solo tienes que quedarte muy quieto por unos minutos. Estoy aquí contigo, no te preocupes —le aseguró, dándole un apretón suave en la mano antes de que el técnico lo guiara hacia el aparato.
Damien, de pie en un rincón, observaba en silencio. Había algo en la forma en que Alina se movía y hablaba que llamó su atención. Su seguridad, su dulzura... era un contraste total con el tono firme y decidido que usó con él, al pedir que sus hombres salieran del consultorio.
Cuando terminaron, Alina revisó los resultados. Afortunadamente, todo estaba bien. Regresaron al consultorio, donde ella volvió a examinar a Dante.
—Tienen que esperar uno minutos más para observar el comportamiento de Dante —avisó con seriedad.
Damien asintió, observando como Alina llevaba a su hijo a la camilla y comenzaba a vendar su brazo.
El tiempo pasó lentamente. Aunque ambos estaban en silencio, la tensión era evidente. Damien no apartaba los ojos de ella, y Alina, aunque consciente de su atención, no permitió que su profesionalismo flaqueara.
—Ya pueden irse —avisó Alina.
—Gracias, doctora —musitó Dante con una voz menos tímida.
—Espero que mejores pronto —respondió ella acariciando su mejilla. Luego se dirigió a Damien.
—Dante necesita descansar y tomar medicamento para que no sienta molestias —dijo, levantándose para escribir la receta.
Luego se acercó a Damien, extendiéndole el papel. Sus dedos rozaron los de él al entregárselo, y Alina sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
—Perfecto. Doctora Everhart —siseó Damien, con un gesto altivo, manteniendo la calma y sin decir una palabra más, tomó la mano de Dante.
Una vez que se alejaron, Alina dejó escapar un largo suspiro. Su cuerpo estaba tenso, como si hubiera estado conteniendo la respiración todo el tiempo.
—¿Qué... qué fue eso? —murmuró para sí misma, apoyándose contra el escritorio mientras su corazón recuperaba un ritmo normal.
El pasillo volvió a quedarse en silencio, pero esta vez, todo parecía diferente. Como si la presencia de ese hombre hubiera dejado una sombra en el aire. Alina miró hacia la puerta, preguntándose qué clase de vida llevaban esas personas y por qué el destino las había puesto en su camino.