La puerta se cerró detrás de ellos con un leve chasquido. Alina se quedó quieta un momento, sus pupilas estaban dilatadas por la penumbra y por algo más oscuro que el lugar mismo: la expectativa de lo que ahí iba a suceder. La habitación era un altar al deseo. Las paredes estaban cubiertas de espejos, altos, infinitos, que reflejaban cada ángulo, cada sombra, cada respiración contenida. Desde donde se encontraba, Alina podía verse a sí misma en cada uno de ellos. Ver a Damien detrás de ella. Aquel efecto era envolvente, casi hipnótico. No había ventanas. Solo luces tenues incrustadas en el techo como estrellas apagadas, velas gruesas encendidas sobre candelabros de hierro oscuro, y un aroma embriagador que no sabía si era sándalo o algo más carnal. En el centro, se encontraba una cama

