Esa sensación. La de ser observada. Y no solo por los espejos. Desde el otro lado del cristal, Pantera los veía. Ella lo sabía. Lo sentía. Damien no se detuvo. La levantó del suelo con facilidad. Alina rodeó su cuello con los brazos, su cuerpo rozando el suyo. Él la llevó hasta la cama, la depositó con lentitud sobre las sábanas suaves, como si la ofreciera a los dioses del deseo. —Abre las piernas —ordenó el mafioso con ronquez. Su voz era una sentencia y Alina obedeció a ella. Sus tacones cayeron al suelo con un golpe sordo. Sus piernas se separaron. Se mostró. Desnuda. Abierta. Vulnerable. Y no había vergüenza. Solo una fuerte excitación, una bruma espesa que la recorría por completo. Damien subió a la cama. Lo hizo con calma. Con esa seguridad cruel que lo definía. Se colocó ent

