La camioneta negra se deslizó por la larga entrada de la mansión Brown justo cuando la madrugada comenzaba a rendirse ante el primer indicio del alba. Damien descendió primero, asegurándose de que nadie estuviera merodeando en la penumbra de los jardines. Luego, dio la vuelta con la misma elegancia depredadora de siempre y sostuvo la puerta trasera para que Alina bajara del vehículo. Alina bajó despacio. Llevaba puesto solo el abrigo largo de Damien sobre su piel desnuda. El cabello pelirrojo suelto, los labios ligeramente hinchados y las mejillas aún encendidas. Caminaba con dificultad, como si su cuerpo temblara de placer retenido y de fatiga deliciosa. Pero en su rostro había una sonrisa… pícara, cómplice, marcada por todo lo que acababan de vivir. —Casi es de día —murmuró, mientras a

