—Lo supe después. Cuando ya me había ido del país —respondió sin más. Leonardo observó sus ojos. Sabiendo que no estaba mintiendo, aunque eso no la justificaba en absoluto. Habían pasado casi tres años, y ella nunca se dignó a decirle que esperaba un hijo suyo. Eso solo avivaba la ira en el pecho del mafioso. Aquella confirmación fue como una puñalada para Leonardo. Saber que había una pequeña que llevaba la sangre de ambos, un lazo que los uniría de por vida del cual él no estaba enterado, era como una daga clavándose en lo profundo de su pecho. Era una confirmación que una parte de su ser no quería escuchar. Porque eso solo le decía que quizá para ella, él no era lo suficientemente importante como para hacerlo parte de su vida. —¿Y aun así te casaste? —espetó con rabia contenida, dan

