Las cortinas se movían suavemente por la brisa nocturna que entraba desde el balcón, y en la penumbra de la habitación, los cuerpos de Damien y Alina se fundían en un vaivén lento pero cargado de fuego. La pelirroja estaba sobre él, su melena cayendo como una cortina de fuego sobre sus hombros desnudos, sus ojos brillando con deseo y devoción. Damien la sostenía de las caderas, sus manos firmes marcando el ritmo que ella seguía con maestría. —Me vuelves loco, sirenita... —murmuró entre jadeos, mientras admiraba cómo ella se movía sobre él, su cuerpo entregado por completo, y ese anillo brillando en su dedo como un recordatorio ardiente de lo que ahora era suyo. Alina apoyó las manos sobre su pecho, marcando un ritmo más profundo, más intenso. El placer se les escapaba en suspiros entreco

