Ella se rio. Una risa suave, inesperada, sincera. Keegan la miró con esa mezcla de deseo y desconcierto que le provocaba. Mientras Selene trataba levantarse del sofá. —Vamos. Ayúdame a llegar a la cocina. Yo cocinaré. Así al menos no nos envenenamos —inquirió ella, con una sonrisa. Keegan suspiró hondo y volvió, se inclinó para ayudarla con cuidado y ella apoyó su peso en él. El contacto volvió a ser eléctrico. Pero ninguno dijo nada. Al llegar a la cocina, Selene se soltó de golpe, como si necesitara espacio para volver a respirar. Comenzó a abrir los muebles con decisión, ignorando el ardor que le recorría la piel. Sabía que él la estaba mirando. Lo sentía, lo presentía… como una lengua invisible de fuego recorriéndole la espalda, bajando lentamente por ambas piernas. La camiseta qu

