Alina apretó sus labios, cada palabra que salía de la boca del mafioso, era como un afrodisiaco. —También ordené que vaciaran su habitación. Ahora está limpia y es una habitación más de huéspedes. No quiero que nada en esta casa te haga sentir que no es tuya. Porque este hogar es tu hogar, Alina —acotó y esa fue la cereza del pastel. Alina se sentía plena con cada una de sus palabras. La idea de que Damien le diera un lugar en su vida, de que le diera esa seguridad de que ese lugar era suyo, simplemente la enloquecía. Ella se volvió hacia él, con los ojos brillando y la respiración acelerada. No dijo nada durante un segundo. Luego, con una voz ronca, cargada de una necesidad cruda, lo miró a los ojos. —Fóllame —pidió, con la voz rasposa, con sus ojos ámbar inyectados de deseo. Damien f

