Ella soltó una carcajada tímida. —Tú siempre dices eso —susurró. —Porque siempre es así —replicó Damien, pensando también que ese era el vestido. Se miraron por un segundo más largo de lo permitido. Damien se quitó las gafas con un movimiento lento. Tenía esa expresión que solo mostraba con ella: la de un hombre dispuesto a destruir el mundo con tal de mantener intacto su pedazo de cielo. —Luces como un hada —dijo Dante con migajas de galleta en las comisuras y los ojos de Alina brillaron, así que volvió a entrar al probador para cambiarse, y mientras lo hacía, Damien volvió a mirar a su hijo. —¿Qué opinas? —Es perfecta —dijo Dante, y le dio otro mordisco a su galleta. Damien sonrió. Porque lo sabía. Porque siempre lo supo. El vestido estaba elegido. No fue el más llamativo, ni el

