Y justo cuando parecía que todo terminaría en un beso, la voz de Dante los atravesó como un disparo. —¡Papá! ¿Podemos ir a la juguetería? Alina se enderezó de inmediato, carraspeando. Damien no se movió ni un milímetro. Solo bajó lentamente la mano de su mentón y se volvió hacia su hijo con una calma calculada. —Claro que sí —respondió, tomándose su tiempo para saborear el regreso al control absoluto—. Vamos. Dante regresó corriendo, con los cachetes sonrojados y una sonrisa enorme. Tomó la mano de Alina sin dudarlo, como si fuera lo más natural del mundo. La miró con esos ojitos esmeralda que tanto brillaban llenos de emoción. —¿Podemos llevarle algo a Solecito? —preguntó Dante arqueando ambas cejas. Alina se enterneció. —¿Para Gabriella? —preguntó un poco extrañada. —Sí. Le gusta

