El cielo sobre el campo de tiro se había tornado de un gris pálido, apenas iluminado por las primeras luces del amanecer. Las sombras de los árboles se estiraban largas, cubriendo parte del terreno cubierto de pasto húmedo, testigo de todo lo que había ocurrido durante la noche. Una noche larga y sin tregua. Keegan no dejó ir a Selene. No se lo permitió. Una vez que se adentró en ella por primera vez, algo en su interior se rompió, o tal vez se formó, pero no fue capaz de detenerse. La tomó una y otra vez, sin palabras, solo soltando gruñidos bajos, jadeos calientes, besos urgentes y caricias cada vez más desesperadas. Era como si su cuerpo se hubiera convertido en su único lugar seguro, en su adicción, en su condena. Cada vez que la sentía estremecerse, que la escuchaba gemir su nombre

