La embistió. Una vez. Firme. Lento. Cuidando cada centímetro. El cuerpo de Selene se estremeció contra el pasto húmedo, contra la brisa fría que acariciaba su piel desnuda y contrastaba con el fuego que él encendía dentro de ella. No era solo sexo. Era entrega. Era adoración envuelta en deseo. Keegan la adoraba mientras la tomaba. La besaba, le acariciaba los pechos con devoción, rozaba su vientre con los nudillos, como si grabara el momento con cada caricia. Y volvió a embestirla, esta vez con más fuerza. Más profundidad. —Desde el primer maldito día te he querido así —confesó con los labios pegados a su oído—. Tu boca insolente. Tu mirada altiva. Tu silencio afilado. Eres como una maldita droga. Selene se aferró a su espalda, sintiendo el vaivén de su cuerpo empujándola al límite. Gi

