—Que esta es la primera vez que te observo nadar, sabiendo que eres la dueña de esta casa —su tono cambió, se volvió más íntimo, más grave—. Que te veo ahí, en el agua, con cierta tranquilidad en tu mirada. Alina tragó saliva. Sentía un nudo dulce en la garganta. —Yo también lo siento —murmuró—. Por fin. Damien dio un paso más, apenas. Los reflejos del agua bailaban en sus zapatos. Y aunque no la tocaba, su presencia se sentía como una caricia incandescente en la piel. —Veo los ojos de Dante brillar cuando habla de ti con los demás su voz era un susurro ronco—. Y yo no sé cómo agradecerte por todo lo que le has dado. Por lo que me das a mí cada vez que te miro. Joder, Alina. No entiendo cómo es que estás aquí. No entiendo cómo sigo respirando cuando no estás —mencionó el mafioso, aunqu

