Alina llevó una de sus manos bajo el agua, buscándo su pene, que como supuso, se encontraba duro, y cuando sus dedos lo encontraron, grueso, tenso, dispuesto, lo liberó del boxer negro.Alina miró a los ojos al mafioso, sin una gota de pudor, y murmuró: —Entonces tómame. Aquí. Ahora. Los ojos grises de Damien ardieron. Y sin más palabras, la hundió en su cuerpo. Un jadeo escapó de los labios de Alina mientras el agua se agitaba con el impacto. Era una ola suave al principio, un vaivén cálido. La unión fue lenta, pero profunda. Él se hundió en ella como si ese cuerpo le perteneciera desde siempre. Como si el agua no fuera un obstáculo sino una bendición. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, caliente, salado por el sudor que aún quedaba en su piel. La lengua de Damien buscó la

