El exterior estaba tranquilo, iluminado por el sol del atardecer. La alberca era grande, de agua cristalina, con una iluminación sutil que la hacía verse aún más tentadora. Alina dejó caer el pareo en una de las sillas junto a la piscina y desató las sandalias con un movimiento ágil. El viento rozó su piel desnuda, despertando una sensación de libertad que no había sentido en días. Bajó los escalones hasta que el agua tibia envolvió sus piernas, luego su cintura, hasta que finalmente se sumergió por completo. El silencio bajo el agua la abrazó, disipando todas las tensiones de su cuerpo. Por primera vez desde que llegó, se sintió libre. No había escoltas, no había armas, y aunque Dante le agradaba, él estaba tomando una siesta. No había miradas de advertencia, ni reglas implícitas que

