El motor de la camioneta se apagó frente a la mansión Brown y, por un momento, Alina se quedó sentada en su asiento, como si necesitara unos segundos para asimilar el día. Leonardo y Brennan no hicieron ningún comentario, pero ella notó que esperaban a que entrara antes de irse. —Bueno, caballeros, ha sido un placer —manifestó Alina, sonriendo con un poco de ironía y se bajó del vehículo con las bolsas de sus compras. No miró hacia atrás cuando cruzó las enormes puertas de la casa, pero escuchó la camioneta alejarse. Al entrar, lo primero que notó fue el silencio. No había rastro de Dante en la casa, por fortuna tampoco de ese enorme lobo, ni del personal de servicio, solo el aire pesado que siempre parecía impregnar la mansión. Pronto uno de los empleados se acercó a ella y tomó las bo

