—Quédate quieto, Dante, o voy a terminar peinándote como un puercoespín —advirtió Alina, riendo suavemente, sujetando con firmeza su pequeña cabeza mientras deslizaba el cepillo entre sus cabellos oscuros. —¡No quiero parecer un puercoespín! —protestó el niño, moviéndose apenas. —Entonces quédate quieto —insistió ella, aunque su tono seguía siendo suave, casi melódico. Dante rio bajito, pero obedeció. Era temprano. El sol apenas comenzaba a elevarse, tiñendo el ambiente con un resplandor dorado. Alina no podía evitar sonreír al ver la expresión de emoción en el rostro del pequeño. Era lunes y al igual que ella retomaba su rutina en el hospital, Dante tenía que acudir al jardín de niños. —Listo, pequeño rebelde —avisó Alina y dejó el cepillo sobre la cómoda, se agachó frente a él, alis

