—Tienes razón —susurró ella, inclinándose ligeramente hacia Dante, lo suficiente para que Damien pudiera ver más de lo que quería permitir. Sabía que lo estaba tentando, sabía que lo estaba llevando a su límite. Damien no dijo nada. Pero sus ojos hablaban por él. Eran dos abismos oscuros que parecían consumir cada parte de ella. —Termina de desayunar —ordenó al final a Dante, su voz un poco más áspera de lo normal. No porque estuviera cansado, sino porque estaba al borde de perder el control. —Sí, papá —respondió Dante con una sonrisa. Alina permaneció en su lugar, fingiendo estar tranquila, pero cada célula de su cuerpo estaba en alerta. ¿Por qué le encantaba provocarlo así? Era peligroso, oscuro… y aun así, cada vez que se acercaba, lo único que quería era ver qué tan lejos podía ll

