—Treinta y cuatro DD. —anunció Cathal con una sonrisa ladeada, inclinándose sobre la mesa de billar. El taco se deslizó entre sus dedos mientras calculaba el golpe. El sonido seco de la bola golpeando otra resonó en la oficina oscura de la bodega. La bola blanca giró con precisión, rozando el borde del tapete antes de colarse en una tronera. Brennan, apoyado contra la pared con un tarro de cerveza en la mano, bufó. —¿En serio? ¿Treinta y cuatro DD? —Sacudió la cabeza, pero una media sonrisa le curvó los labios al beber un sorbo largo—. No, imbécil. Treinta y seis DD, mínimo. Cathal soltó una carcajada grave. Sus nudillos tatuados se tensaron al girar el taco con un giro distraído entre las manos. —¿Lo ves? Sabía que estabas mirándola —acusó Cathal con las cejas elevadas. —No pude evi

