El estruendo de los disparos sacudió la mansión. Cristales se rompían, los gritos de los invitados se entremezclaban con el eco de las balas impactando en todas partes. El aire se llenó del hedor de la pólvora y miedo. Alina sintió su garganta cerrarse. Su respiración se volvió errática cuando vio a Damien caer hacia un lado. —¡Damien! —gritó su nombre con desesperación, su corazón retumbando contra sus costillas como si intentara escapar. Por un momento, todo pareció detenerse. Pero entonces, Damien se incorporó con lentitud, su postura imponente a pesar del fuego cruzado. Se llevó una mano al brazo y miró la sangre que manchaba su camisa con una sonrisa torcida. —No tengas miedo, doctora —su voz era baja, casi un ronroneo peligroso—. Un simple rozón no va a matarme

