Y no había ni una pizca de remordimiento en él. Los trillizos Donovan estaban cerca, sus respiraciones agitadas, con la ropa hecha jirones y las manos aún firmes en sus armas. Habían luchado con la misma frialdad, con la misma precisión. Y ahora, con los disparos silenciados, se movían como depredadores que habían terminado de cazar. Pero fue Dante quien le heló la sangre a Alina. El niño, aún en los brazos de su padre, observaba la escena sin asomo de terror. Sus pequeños ojos verdes recorrían los cuerpos sin vida como si fuera lo más natural del mundo. No lloraba, no temblaba. Solo respiraba, expectante. Como si todo su ser estuviera centrado en una sola cosa: que Damien hubiera ganado. Alina sintió algo oprimirse en su pecho. Ese niño de cinco años era muy valiente,

