Damien caminó hacia el centro de la habitación. Con un movimiento despreocupado, se deshizo de su chaqueta, dejándola caer sobre el respaldo del sillón. Alina lo observó con el ceño fruncido, su mirada recorriendo las manchas de sangre seca en la tela de su camisa. —Quítate la camisa —ordenó, con el mismo tono firme de doctora. Damien arqueó una ceja ante su exigencia, pero no discutió. Con calma, sus manos se dirigieron a los botones de su camisa, desabrochándolos uno a uno, sin apartar la mirada de ella. No había pudor en su gesto, ni la más mínima vacilación. La tela cayó a sus pies y su torso quedó completamente expuesto, dejando ver la dureza de sus músculos, los rastros de pelea en su piel, las cicatrices que contaban historias de guerras personales y los tatu

