El aire en la habitación era denso, cargado de un deseo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Pero estaba ahí, en cada roce, en cada respiración contenida, en cada mirada ardiente que se intercambiaban sin pronunciar palabra. Las piernas de Alina rodeaban su cintura, apoyándose sobre la cama, el escote de su vestido estaba lo suficientemente bajo como para que Damien pudiera admirar la perfección de sus pechos, hinchados, firmes, mientras Damien marcaba la superficie con su lengua y su boca. Damien tenía las manos en su cintura, sus dedos aferrándose a la curva de su espalda, deslizando sus caricias con posesión, disfrutando de la suavidad de su piel. Pero fue Alina quien tomó la iniciativa esta vez. Con una mirada que desafiaba la lógica y la prudencia, tomó las mano

