El auto se detuvo suavemente frente al restaurante, y Alina suspiró antes de bajar. No estaba nerviosa por la reunión con Erika, pero la sensación persistente de ser observada la perseguía incluso fuera de la mansión Brown. No había nada fuera de lugar, pero después de lo que había vivido en París, había aprendido a estar alerta. Khalil bajó detrás de ella con su imponente presencia, sus ojos oscuros escaneando la zona en busca de cualquier posible amenaza. La primera vez que lo vio, su tamaño y la dureza de su expresión la habían intimidado, pero con el tiempo comprendió que era más que un simple guardaespaldas; era alguien en quien Damien confiaba y si el mafioso confiaba en el mafioso de chocolate, ella también lo haría. Alina se giró hacia Khalil y arqueó una ceja. —No tienes que es

