Tal como lo indicó el mafioso, Alina bajó acompañada de aquel escolta de piel tostada hasta llegar al salón principal. De inmediato su mirada se perdió en la decoración, cuando quiso inspeccionar brevemente su entorno.
La mirada de la pelirroja siguió las columnas de mármol, miró los candelabros brillantes que colgaban del techo alto. Todo ahí gritaba poder, era innegable lo elegante que era esa mansión, como también era innegable lo sola que se sentía.
Alina observó detalladamente, si viviría ahí tenía que conocer su entorno. Entonces, su atención fue capturada por un cuadro colgado en la pared principal. Era un retrato de una mujer.
Rubia, muy bonita y elegante. Con los labios pintados de un rojo que combinaba con la tela del vestido que llevaba puesto. La mujer del cuadro debería rondar en los treinta. Alina no necesitaba preguntar para saber quién era.
«La madre de Dante»
Aquella era solo una suposición, pero tenía sentido. Esa mujer tenía que haber sido importante, lo suficiente como para estar inmortalizada en un cuadro tan grande en el corazón de la mansión Brown. Y a juzgar por el cuadro, su ausencia en esa enorme casa y el comportamiento de Dante, ella ya no estaba con vida.
Alina sintió curiosidad, se preguntó cómo había sido su relación con Damien. Si ella lo había amado. O quizá, si se casó con él en contra de su voluntad. También se preguntó cual había sido la causa de su muerte. Preguntas que quizá su estancia ahí le iría respondiendo.
Hasta que el sonido de pasos firmes descendiendo las escaleras la sacó de su trance. Se giró lentamente y lo vio.
Damien estaba ahí, parado en el último escalón, observándola. Se había cambiado de ropa. Llevaba una camisa negra arremangada hasta los antebrazos y el primer botón abierto, mostrando un atisbo de piel tatuada. Su expresión era seria, pero sus ojos grises la analizaban con detenimiento.
Por un momento, ninguno de los dos dijo nada.
Luego, Damien caminó hacia ella con calma, acercándose lo suficiente como para que ella pudiera percibir su fragancia amaderada y masculina.
Alina levantó la barbilla, negándose a demostrar nerviosismo.
—Keegan te llevará a tu departamento por tus cosas —avisó él finalmente, su voz sonó grave y firme.
Alina pestañeó, y asintió en silencio.
Damien no dijo nada más. Solo la sostuvo con la mirada un instante más antes de apartarse, dándole la oportunidad de salir.
Alina respiró hondo antes de moverse.
Salió de la mansión, cuando aquel escolta le indicó el camino, y el aire nocturno la envolvió de inmediato. Era fresco, con una brisa ligera que agitó su cabello rojizo. La sensación de libertad momentánea chocó con la realidad de que no era más que una ilusión. Podía salir, sí, pero no escapar de ahí.
Casi al instante una camioneta negra se detuvo frente a la entrada, con el motor haciendo eco en la tranquilidad de la noche.
La puerta del conductor se abrió, y de ella bajó un hombre alto e imponente, con el cabello tan rojo como el de Alina, atado en una coleta baja, una barba bien recortada rodeaba sus labios y parte de sus mejillas. Los ojos verdes del hombre se posaron sobre Alina, ese era Keegan.
—Andando —dijo él, y asintió con la cabeza en dirección a la camioneta. Alina se acomodó en el asiento del copiloto con los brazos cruzados. Observó al pelirrojo de la coleta conducir, tenía tatuajes en su cuello, un aire despreocupado y un gesto altivo.
Era muy apuesto. —¿Sabes por qué tu jefe me llevó con él? —preguntó Alina rompiendo el silencio que se había asentado dentro del vehículo. Si bien la gente del mafioso no le inspiraba confianza, al menos ese hombre no lucía tan intimidante como Damien.
Keegan soltó un resoplido, antes de girar un poco la cabeza. La miró de reojo con esa sonrisa suya y elevó una ceja.
—Estoy seguro de que tiene dos grandes razones para llevarte consigo —siseó él, observando la tela apretada en los pechos grandes de Alina. Para todos los hombres de confianza de Damien, había sido una sorpresa que él líder de la mafia Brown quisiera llevar por la fuerza a quien sería la niñera de su hijo. Pero al ver a Alina, para el pelirrojo algunos de esos motivos parecieron claros. La joven era hermosa y ni hablar de su cuerpo.
Alina frunció el ceño, analizando sus palabras.
—¿Dos grandes razones? —preguntó sin comprender nada. Pensó que una obviamente era Dante, pero no comprendía cuál era la otra.
—Exacto —respondió Keegan, con una pequeña sonrisa. Relamiendo los labios al dar un vistazo más a esas dos razones, aunque Alina, al ser pelirroja como él, no era exactamente su tipo. Lo cual era algo bueno, pues no sé veía interesado en la mujer que ya estaba en la mira de su jefe.
El tono del mafioso tenía un matiz burlón, pero su respuesta no esclareció nada. El hombre lucía cínico y jodidamente misterioso. Alina apretó la mandíbula y desvió la mirada, sintiendo que cualquier intento de sacarle información sería inútil.
Entonces la camioneta siguió avanzando en silencio.
Cuando llegaron al edificio, Keegan apagó el motor y se giró apenas hacia ella.
—No tardes. Mis hermanos y yo tenemos otros encargos —dictaminó observando la hora en su celular.
Alina suspiró. Quería quedarse. Quería cerrar la puerta y fingir que nada de lo que estaba pasando era real.
Pero no era tan ingenua. Rodó los ojos y bajó de la camioneta, sin amedrentarse.
Alina subió por el ascensor y abrió la puerta de su departamento, observó la que había Sido su realidad y se sumergió en la penumbra familiar. Pronto vio una vez más al pelirrojo detrás de ella.
—Pensé que esperarías abajo —musitó Alina, cuando Keegan entró a su departamento sin pedir permiso, apoyándose en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
—Me aburrí —dijo él, inspeccionando el lugar con la mirada.
Ella suspiró, ignorándolo, y comenzó a guardar sus cosas en una maleta. Su ropa, su neceser, algunas cosas importantes. Como si estuviera empacando su antigua vida en una maleta para meterse de lleno en un mundo al que no pertenecía.
Keegan la observaba sin disimulo. No la apuraba, pero su presencia se sentía como una sombra constante.
Cuando Alina terminó de guardar sus cosas, él se inclinó y tomó la maleta con una facilidad que le resultó irritante.
—Vamos —dijo con su tono despreocupado.
Alina exhaló lentamente y salió con él.
El camino de regreso a la mansión se sintió aún más pesado. Aunque nada tenía que ver con el mafioso de la coleta, era la idea de cambiar tan abruptamente su vida, para comenzar a adaptarse a la de Damien. Y eso, más que cualquier otra cosa, la hacía sentir atrapada.
—Nos vemos mañana —avisó el mafioso luego de dejar la maleta de Alina en el interior de la mansión Brown, ella lo vio intrigada—. Mis hermanos y yo seremos tus escoltas —le informó, jugando con la llave de la camioneta y se retiró antes de que Alina quisiera hacer más preguntas.
La puerta se cerró y una empleada apareció frente a Alina.
—Buenas noches, soy Anastasia. Por favor sígame, señorita Everhart —dijo la mujer que rondaba los cincuenta años.
Alina caminó detrás de ella, observando con atención los pasillos de la mansión. Todo era lujoso, inmenso y muy hermoso. La siguió por las escaleras a la planta alta. La mansión Brown tenia varias habitaciones con puertas cerradas.
—La habitación de Dante está por aquí —avisó la mujer con voz serena, señalando una puerta a la derecha—. Si alguna vez necesita algo por la noche, está cerca.
Alina asintió, guardando la información. Dante estaba a unos pasos de ella. Al menos no estaba completamente sola.
Finalmente, la mujer se detuvo frente a una puerta y la abrió con suavidad.
—Esta es la suya —musitó con un suspiro.
Alina entró y su mirada recorrió el espacio con cierta incredulidad. La habitación era enorme. Más grande que su departamento entero. Más grande que la otra habitación, dónde la dejaron cuando la secuestraron.
Había una cama amplia con sábanas impecables, un vestidor elegante y un gran ventanal cubierto por cortinas gruesas. A un lado, un sillón de terciopelo y una mesa de noche con una lámpara tenue.
El ambiente olía a madera pulida y un leve rastro de perfume masculino, como si la habitación hubiera sido ocupada recientemente.
—¿Está segura de que dormiré aquí? —preguntó Alina incrédula, pensó que, al ser la niñera, ocuparía una de las habitaciones de servicio.
—Así es, el señor Brown lo ordenó así —confirmó . A decir verdad, la mujer también creyó lo mismo que Alina, sin embargo, esa había sido la orden de su patrón y ella tenía que obedecerla.
Un hombre entró luego con la maleta y la dejó junto a la cama antes de salir en silencio.
—Si necesita algo, no dude en llamarme —declaró Anastasia, con una sonrisa amable y abandonó la habitación, dejando a la pelirroja sola.
Alina exhaló y se permitió relajar los hombros. Ya estaba ahí. Ahora debía acostumbrarse.
Se sentó en la cama y abrió la maleta, comenzando a desempacar. Cada prenda, cada objeto que sacaba le recordaba que su vida había cambiado por completo.
Cuando terminó, se quedó un momento en silencio, contemplando el lugar. Tenía un armario grande y también un baño completo.
Sintió la humedad pegada a su piel y frunció el ceño. Todavía llevaba la ropa que había usado bajo la lluvia.
Decidida, comenzó a desvestirse y abrió la regadera, dejando que el agua caliente cayera sobre su piel, relajando sus músculos tensos.
El agua arrastraba más que la suciedad. También la tensión, la confusión y la sensación de no pertenecer a ese lugar.
Apoyó la frente contra los azulejos fríos y cerró los ojos. Al terminar, salió de la ducha y se secó lentamente, disfrutando del calor en su piel. Luego se puso su pijama: un pantalón cómodo y una camiseta con tirantes delgados ajustada a su piel, con un escote en “V”.
Nada elegante. Nada que encajara con esa casa.
Suspiró y salió del baño, frotándose el cabello húmedo con la toalla. Justo en ese momento, su estómago gruñó frunció el ceño y llevó una mano a su abdomen. No había comido en todo el día.
«Genial» pensó, rodando los ojos. Podría haberse alimentado cuando Keegan la llevó a su departamento, pero, claro, el mafioso no le dio demasiado tiempo.
Se mordió el labio inferior, pensativa.
—¿Y ahora qué? —se preguntó a sí misma— . No pasa nada, esperaré hasta mañana —inquirió decidida. Pero su estómago no cooperó y rugió otra vez, traicionándola. Alina suspiró, frustrada.
Podía quedarse en la habitación e intentar dormir con hambre…
O podía bajar a buscar algo de comida.
Miró la puerta, indecisa.
—Debí preguntarle a la mujer si podía comer algo —se reprendió frotando su rostro con desespero.
No quería deambular por esa casa como una intrusa. Pero la cocina debía estar llena de comida, y no iba a pasar la noche sin comer solo por orgullo.
Finalmente, se decidió. Abrió la puerta con cuidado y salió al pasillo.
El silencio de la mansión era abrumador.
Su corazón latía con fuerza mientras bajaba las escaleras. Por fortuna aquel hombre ya no custodiaba su puerta.
Alina caminó en silencio por la casa hasta encontrar la cocina. La oscuridad la envolvía, y en ese momento, se sintió como un ratón en la madriguera de un lobo.
No sabía si debía entrar, pero ya estaba ahí. Y ahora, no había vuelta atrás.
Alina comenzó a husmear dentro de la cocina sin encender la luz, pues no quería despertar a nadie. Abrió la nevera y encontró botellas de agua. Tomó una y bebió un poco, sintiendo el frío recorrer su garganta. Tomó una manzana del frutero sobre la mesa y la mordió repetidas veces hasta terminarla.
Pero el agua y la manzana no bastaban. Pensó en prepararse un sándwich, pero seguro haría mucho ruido al no saber donde se ubicaba lo necesario para prepararlo y terminó descartándolo.
Caminó hasta la alacena y comenzó a buscar algo para comer.
Encontró una caja de galletas en una de las repisas más altas.
Se puso de puntillas, estirando la mano, pero no llegaba. Frustrada, se mordió el labio y lo intentó de nuevo.
—Estúpidas galletas, estúpido Brown —dijo ella en voz baja. Fue entonces cuando una voz grave y profunda rompió el silencio.
—¿Eres algún tipo de vampiro, doctora Everhart? —preguntó Damien. El aire se le atascó a Alina en la garganta.
Dio un giro brusco y su rostro chocó con su pecho firme. Su corazón latió frenéticamente.
«¿Es acaso una especie de gato? ¿Por qué no lo escuché entrar?» pensó la pelirroja, antes de dar dos pasos atrás, quedando atrapada entre el mafioso y la alacena.
Las sombras no le permitían ver con claridad, pero no necesitaba luz para saber que los ojos de aquel hombre estaban sobre ella.
El calor que emanaba su cuerpo la envolvió de inmediato.
—¿Qué haces aquí? —murmuró ella, sin saber que hacer, o a donde moverse.
«Maldita hora para tener hambre»
—Yo vivo aquí —respondió él, con diversión en su tono. Sin alejarse ni un paso, parecía disfrutar de la cercanía, de la forma en que la estaba acorralando.
Alina frunció el ceño, sin estar de humor para bromas.
—Pensé que no había nadie despierto y que no estabas aquí —expuso con sinceridad. Pues cuando subió a la camioneta con Keegan, ella lo vio abordar otro auto.
—Y tenías razón. Acabo de llegar —respondió Damien, dando un paso corto más cerca de ella.
Alina lo miró con detenimiento.
Seguía con la ropa de antes, con su camisa arremangada hasta los antebrazos y el primer botón desabrochado. Pero lo más inquietante era que la estaba mirando con demasiada atención. Sin disimulo, sus ojos se posaron en su mentón, su mirada bajó con lentitud hasta su clavícula y se detuvo en su escote.
Pero su mandíbula se apretó, cuando Alina se cruzó de brazos.
—¿No podías dormir, doctora Everhart? — preguntó Damien con su voz más grave, desde su posición, la encimera detrás de Alina parecía más interesante—. ¿Por qué será? —agregó inclinando ligeramente la cabeza.
Alina sintió la irritación subir por su pecho.
—Tal vez porque no es fácil dormir en una casa que no es mía, rodeada de gente que no conozco y donde el dueño es un maldito desgraciado —soltó sin más. Alina nunca había sido buena para ocultar lo que sentía y Damien tenía una gran facilidad para acabar con su paciencia.
Este soltó una leve risa.
—¿Eso crees? —retó, inclinando un poco más su rostro. Volviendo el aire entre los dos pesado, sofocante.
—Eso sé —replicó ella, con el ceño fruncido, antes de que sus mejillas se tornaran tan rojas como sus cabellos, cuando su estómago gruñó nuevamente.
«¡Cállate, que no se note que muero de hambre!»
Hubo un silencio denso, que la hizo apretar los dientes y maldecir internamente.
De repente, Damien se movió. Con un gesto tranquilo, levantó un brazo y alcanzó sin esfuerzo la caja de galletas que Alina no había podido tomar.
Luego, la sostuvo en el aire. Sin dársela.
Alina lo miró con impaciencia. Luego él le entregó la caja.
Alina la tomó y exhaló con discreción. Él se giró y sirvió un vaso de agua. Lo bebió con lentitud. Y una vez más se volvió hacia ella.
—Enciende la luz, sería estúpido que te accidentes en tu primera noche aquí —mencionó al colocar el vaso en el lavaplatos—. Come lo que quieras y descansa —le dijo con un tono neutro, con una ligera sonrisa en sus labios. Alina no respondió nada, se limitó a observar sus movimientos.
—Dulces sueños, doctora Everhart —culminó, recorriendo su cuerpo con la mirada.
Alina sintió el sarcasmo en su voz.
Pero más que eso, sintió algo más peligroso: La forma en la que la miraba. Como si ella le divirtiera. Como si le intrigara. Como si le interesara, de una forma oscura y retorcida.
Y eso… Eso era un problema. Porque una parte de ella se rehusaba a dejar de verlo como el maldito que la había secuestrado, pero otra, la instaba a averiguar que tan grande era su interés por ella.
Alina soltó un resoplido cuando Damien se dio vuelta y con las manos en los bolsillos abandonó la cocina. Soltó el aire que no sabía que tenía contenido y cerró los ojos. Esa era su primer noche en esa casa, y prometía ser larga.