8| Recatada

3750 Words
El amanecer apenas comenzaba a mostrarse en la habitación cuando Alina abrió los ojos. Había dormido poco. Después del encuentro en la cocina con Damien, su mente no dejó de dar vueltas. Su presencia, su forma de mirarla, el tono burlón con el que la había llamado “doctora Everhart”... todo la incomodaba más de lo que quería admitir. Se quedó mirando el techo unos segundos, hasta que su sentido del deber la obligó a levantarse. Ese era su primer día como niñera de Dante, y si bien no quería estar en esa casa, tampoco pensaba hacerlo mal. Se metió a la ducha, dejando que el agua tibia relajara un poco su cuerpo tenso. Sus pensamientos seguían con ella. Dante era un niño adorable, pero su padre… Alina cerró los ojos, exhalando despacio. Ese hombre era un problema. Cuando terminó de vestirse, optó por una blusa roja que resaltaba su cabello y su piel clara. No era una elección intencional para llamar la atención, simplemente le gustaba el color. La combinó con un pantalón oscuro y zapatos cómodos. Era sábado, tenía turno en el hospital más tarde, pero antes quería pasar un tiempo con Dante. Al salir de la habitación, aquella mujer de cabello recogido y aspecto serio la esperaba en el pasillo. —Buenos días, señorita Everhart —La voz firme, pero educada, pertenecía a Anastasia, el ama de llaves. —Buenos días —Alina le devolvió el saludo, algo sorprendida. —El señor la espera en el comedor —avisó Anastasia de inmediato. Alina parpadeó y frunció el ceño. —¿Perdón? —preguntó para saber si había escuchado bien. —El señor Brown —reafirmó Anastasia. La sorpresa inicial se transformó en una mezcla de irritación y recelo. ¿Por qué querría Damien verla tan temprano? Aun así, siguió a Anastasia hasta el comedor. Cuando entró, lo vio sentado a la mesa, con una taza de café en la mano. Seguía vistiendo ropa oscura, siempre impecable. Se notaba relajado, aunque su mirada afilada dejó en claro que estaba al tanto de cada uno de sus movimientos. Alina se quedó en la entrada, sin saber si debía avanzar más. —Desayuna —mencionó el hombre, su tono era una orden más que una invitación. Damien no dirigió su mirada a la de ella, solo continuó bebiendo de su taza. Alina se volvió hacia Anastasia. —¿Dónde puedo desayunar? —preguntó, pues las galletas que comió en la noche apenas habían calmado su apetito. Alina había asumido que comería en el mismo lugar que el personal de la casa, pero antes de que la mujer pudiera responder, Damien habló de nuevo. —Siéntate… aquí —espetó, con el mismo tono serio. Señalando con la mirada la silla junto a él. Ella frunció el ceño, incómoda. —No creo que sea necesario —avisó dispuesta a avanzar a donde Anastasia le indicara. Pero la voz de Damien la detuvo nuevamente. —No me interesa lo que creas —replicó él. Sus ojos se posaron en ella con una frialdad peligrosa —Siéntate —ordenó nuevamente y esta vez su tono no admitía una réplica. Alina resopló. Odiaba que le hablara de esa forma. Dudó por un instante, pero sabía que, si seguía rechazando la idea, él solo insistiría más. Así que optó por sentarse en una silla alejada de él. Mientras que Anastasia continuó con sus deberes de esa mañana. Damien observó a Alina sin decir nada, pero con un simple movimiento de su mirada, le dejó claro que no le gustaba su elección. Alina sintió un escalofrío en la espalda. Se quedó en su sitio, desafiante, pero Damien solo arqueó una ceja, esperando. El silencio se prolongó tanto que su orgullo terminó cediendo. Rodó los ojos y se movió a una silla más cercana. Damien sonrió, como si acabara de ganar un pequeño juego. Los empleados comenzaron a servirle el desayuno. A pesar de su incomodidad, Alina estaba hambrienta. —Quiero saber más sobre Dante —dictaminó finalmente, rompiendo el silencio que ya de por si se sentía abrumador entre ambos. Damien dejó la taza de café sobre la mesa. —Va al jardín de niños de lunes a viernes —respondió escueto. Aunque eso a Alina no le decía mucho. —¿Tiene alguna rutina que deba seguir? ¿Algo que le guste o que odie? —indagó Alina, ella jamás había sido la niñera de nadie, pero le gustaban los niños, y era buena con ellos. Él la miró con un atisbo de aprobación. —No le gustan las niñeras —soltó, con un gesto altivo. Y aunque eso parecía un mal chiste, en realidad era cierto, Dante detestaba las niñeras, era un pequeño de cinco años que se sentía grande, que creía que era tan fuerte como su padre que no necesitaba del cuidado de una niñera. Alina esbozó una sonrisa irónica. —Ya me di cuenta —siseó exasperada. En ese momento, escucharon unos pasos pequeños. Dante apareció en la entrada del comedor, aún con pijama y el cabello despeinado. Él avanzó, pero se quedó quieto al ver a Alina sentada con su padre. Damien levantó la vista. —Ven aquí —dijo a su hijo, quien de inmediato se acercó a su padre. Con timidez. Alina notó la diferencia en su comportamiento. Dante era un niño un tanto tímido, pero no con su padre, quien de inmediato cambió esa mirada dura y su tono de voz fue más suave. —¿Recuerdas a la doctora Everhart? —preguntó Damien a su hijo mientras rodeaba sus hombros con su mano. El niño asintió. Dando una mirada a la pelirroja. —Desde hoy ella será tu niñera —avisó Damien. Dante pareció procesar la información. Frunció su ceño, como si estuviera molesto, demostrando que la palabra “niñera” no era de su agrado. Sin embargo, Alina no le desagradaba. Ella de alguna forma se había ganado su confianza en el hospital. Alina observó con atención la interacción entre padre e hijo. Había algo curioso en la forma en que Damien miraba a Dante. No era el mafioso que la intimidaba con su presencia, sino un padre… uno que se mostraba atento con su hijo. Un hombre duro, intimidante y, aun así, en su mirada había afecto. Dante quiso objetar que él no quería una niñera, él solo quería que su papá lo cuidara, pero sabía que sin importar lo que dijera, Damien no cambiaría de opinión, así que solo frunció sus labios y viendo a Alina con esos ojos color esmeralda, asintió con la cabeza. —Desayuna. —Dijo Damien de repente, dirigiéndose a Alina. Ella lo miró con incredulidad. —¿Cómo pretendes manejar mis horarios en el hospital? —preguntó ella con un poco de preocupación, pues sus turnos eran de doce horas y si se iba en ese momento, no vería en todo el día al niño que se suponía debía cuidar. Damien tomó la servilleta y limpió sus labios con calma. —No te preocupes por eso —avisó con naturalidad, como si ya tuviera todo resuelto. —¿Cómo no me voy a preocupar? —preguntó Alina, aquello era importante para ella. Damien se puso de pie, imponente. La observó con detenimiento, la blusa de Alina resaltaba de forma considerable sus pechos y su mirada enojada, la hacía lucir como un hermoso cardenal enfadado. —Porque yo me haré cargo —agregó, subiendo de a poco su mirada por su piel blanca, hasta que sus ojos se encontraron con los suyos. Alina sintió una oleada de frustración. Era exasperante lo mucho que a ese hombre le gustaba controlar todo. Pero Damien ignoró su expresión de disgusto y llamó a Anastasia. La mujer llegó de inmediato. —Que le sirvan el desayuno a Dante y que lo cuiden en la ausencia de Alina —ordenó. El ama de llaves asintió. —Yo volveré más tarde —avisó inclinándose hacia su hijo, besó su corinilla y dijo que lo vería más tarde. Y sin más, salió del comedor con la misma presencia fría e inquebrantable con la que siempre se movía. Alina lo siguió con la mirada hasta que desapareció. Apenas era el primer día, y ya sentía que estaba perdiendo el control de su vida. Después miró a Dante con una sonrisa suave, tratando de transmitirle tranquilidad, aunque el niño la observaba con una mezcla de curiosidad y recelo. Sus grandes ojos verdes la escrutaban con inteligencia, como si estuviera evaluando si debía confiar en ella o no. Había algo en su manera de mirarla, en la forma en que mantenía el mentón en alto y los labios ligeramente fruncidos, que le recordaba demasiado a su padre. —¿Qué te gusta hacer? —preguntó, mientras Dante se sentaba frente a ella y una de las empleadas comenzaba a servirle su desayuno. Dante ladeó la cabeza, sus ojos destellando con astucia. —No necesito una niñera —respondió él, parecía un poco indignado. El tono seguro y determinado del niño le arrancó una pequeña sonrisa. —Tal vez no, pero alguien debe estar contigo —respondió con calma, manteniendo su postura relajada. Dante achinó los ojos, claramente no satisfecho con su respuesta. Su manita se cerró en un puño sobre la mesa y frunció el ceño, su expresión de disgusto era idéntica a la de su padre cuando algo no le agradaba. —Soy valiente —declaró con firmeza. Alina apoyó el codo sobre la mesa y dejó descansar la barbilla en la palma de su mano, observándolo con diversión. —No lo dudo —dijo con sinceridad, ella no sabía nada de su vida, no sabía nada de Damien, pero si de algo estaba segura, es que el mundo de ambos era peligroso y Dante tenía que ser un niño muy fuerte. Había algo en él, en la manera en que mantenía la espalda recta y medía cada palabra, que la hacía creerle. No era solo un niño desafiante y eso le causaba ternura. —Pero incluso los valientes necesitan compañía a veces —declaró Alina, con su voz suave, esa que solo mostraba a sus pequeños pacientes. Dante frunció aún más el ceño. —Papá no tiene niñera —replicó él. Alina soltó una risa baja, divertida por la comparación. —No, pero sí tiene personas que trabajan para él y lo ayudan —excusó ella. Dante cruzó los brazos, meditando sus palabras. —Apuesto a que a ninguna la llaman "niñera" —soltó con una voz retadora. Alina se mordió el interior de la mejilla para contener la risa. Ese niño era un caso. —¿Y si en lugar de niñera, soy tu compañera? —preguntó Alina, tratando de convencerlo de aceptarla. Dante pareció considerar su propuesta por un momento. Su manita tamborileó contra la mesa con impaciencia mientras sus ojos la estudiaban con suspicacia. Era evidente que la idea de ser cuidado no le gustaba, pero la palabra "compañera" había captado su interés. —¿De verdad? —preguntó con los ojos brillantes. —Claro. —respondió Alina y se encogió de hombros, fingiendo indiferencia—. Podemos explorar la casa, hacer carreras en el jardín, leer historias… Aunque primero tendré que conocer mejor lo que te gusta. Dante suspiró, como si estuviera accediendo a regañadientes, pero la chispa de emoción en sus ojos lo delataba. —Me gustan los trenes —confesó y Alina sonrió porque ese era el primer paso. Dante no era un niño grosero, solo era desconfiado. —¿Los trenes? —preguntó Alina con un tono de interés genuino—. ¿Tienes alguno? Dante asintió con entusiasmo, su expresión endurecida suavizándose un poco. —Muchos —dijo él con alegría. —Entonces cuando vuelva, me los mostrarás —avisó ella. El niño hizo un pequeño puchero y arrastró la punta de los dedos por el borde de la mesa. —¿Ya te vas? —preguntó con una mueca de descontento. Y Alina se dio cuenta de que Dante era un pequeño que pasaba bastante tiempo solo. Ella revisó la hora y sintió una punzada de culpa. Se suponía que debía estar en camino ya. —Sí, pero regresaré pronto y podremos conocernos mejor. Dante frunció el ceño, mostrando una vez más la misma que Damien hacía cuando algo no le gustaba. Alina tragó saliva y tuvo que desviar la mirada para no reír. Definitivamente, era hijo de su padre. Se levantó y, antes de irse, revolvió suavemente su cabello. —Nos vemos luego, Dante. El niño asintió sin decir nada, pero su mirada la siguió hasta que desapareció por la puerta. Para comenzar con su desayuno. . Cuando Alina salió de la mansión, esperaba encontrarse con Keegan. Pero en su lugar, la esperaba otro pelirrojo. Este tenía el cabello corto, una expresión relajada y una sonrisa pícara que le dio mala espina de inmediato. —Vaya, así que tú eres la doctora Alina Everhart —mencionó el hombre, apenas Alina se acercó al vehículo. Ella parpadeó, sintiendo cómo su alarma interna se activaba. —¿Me conoces? Oh, claro que me conoces —siseó soltando un suspiro, seguro toda la gente de Damien sabía quién era ella. El hombre sonrió con diversión y se apoyó contra el auto con aire despreocupado. —Todavía no, pero eso puede cambiar. —Le tendió la mano—. Cathal Donovan. Hermano de Keegan —se presentó con aire de coquetería. Alina observó su mano por un segundo antes de estrechársela, sin bajar la guardia. —Otro Donovan… —musitó ella. Cathal dejó escapar una pequeña risa. —El segundo, hay un tercero y no es por nada, pero soy el más guapo —dijo Cathal elevando una ceja, antes de abrirle la puerta del vehículo para que subiera. Alina suspiró. —¿Tres? —preguntó extrañada. Alina observó a Cathal mientras encendía el auto. Él sonrió de lado, claramente entretenido con su reacción. —Vamos, te llevo al hospital —expuso mientras se ponía en marcha. A diferencia de Keegan, Cathal conducía con una mano en el volante y la otra descansando despreocupadamente en la puerta, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo. Ninguno de los dos habló en el trayecto, aunque al igual que Keegan, Cathal miró a Alina por el rabillo del ojo por momentos, definitivamente era linda. Y sus pechos eran tan grandes, que rebotarían exquisitamente en su rostro. Al llegar al hospital, Cathal observó a Alina con aquella mirada coqueta. —Te recogeré más tarde —avisó y Alina desabrochó el cinturón de seguridad y se apresuró a salir. Una vez que cruzó las puertas de cristal, el pelirrojo encendió nuevamente el auto y se alejó. En cuanto entró al hospital, Erika la interceptó. —¡Alina! ¿Ya viste los nuevos horarios? —preguntó la castaña observándola con sus ojos oscuros. El corazón de Alina dio un vuelco. —¿Dónde están? Erika la llevó a una pared donde estaban los turnos. Y ahí, en negritas, estaba su nuevo horario: seis horas diarias, siempre por la mañana. —¿Qué demonios…? —exclamó en voz alta. —Dicen que un hombre muy rico hizo un donativo masivo y gracias a eso ajustaron los turnos. —Erika la miró con curiosidad—. ¿Tienes idea de quién fue? Alina sintió un escalofrío. Sí, por supuesto que ella lo sabía. Pero no lo diría. —No tengo idea —respiró hondo y se dirigió a cambiarse. Alina estaba impresionada con la rapidez con la Damien había actuado y no sabía cómo sentirse al respecto. Que el hombre hubiera decidido hacer un fuerte donativo solo para que ella cuidara de su hijo, era una verdadera locura. Pero prefirió no pensar en ello, y concentrarse en los pacientes que comenzaban a ingresar. . Por su parte, Damien se encontraba en la oficina del “Diamante” el hotel más prestigioso de Manhattan y así mismo, una de las posesiones que no estaban ligadas a la mafia. Estaba sentado en su escritorio de madera oscura, reclinado en su silla de cuero, aparentando una calma que no sentía del todo. Su mano jugaba distraídamente con un bolígrafo Montblanc mientras revisaba un informe de inversiones en la pantalla de su ordenador. Pero su mente estaba en otra parte. Pensaba en aquel ataque. Alguien había intentado dañarlo y ese alguien había logrado que Dante terminara herido. El bolígrafo crujió entre sus dedos justo cuando Leonardo entró. —Las investigaciones siguen en curso. —La voz de Leonardo Moretti era baja y firme—. No hemos logrado dar con los responsables —soltó con un resoplido. Damien no reaccionó de inmediato. Finalmente, soltó el bolígrafo y entrelazó los dedos sobre el escritorio. —No me interesa cuánto tiempo les tome. Encuéntrenlos —manifestó y Leonardo asintió, cruzándose de brazos. —Lo haremos, pero llevará tiempo —vociferó, rascando la parte baja de su cabeza, mientras tomaba asiento frente al escritorio. Damien alzó la mirada al ver que Leonardo ladeó la cabeza, observándolo con interés. —¿Cómo va la pediatra? —preguntó el rubio de ojos marrones con curiosidad. Damien arqueó una ceja. —¿Te refieres a la nueva niñera? —Leonardo sonrió con diversión. —Así que terminó por acceder —inquirió sin asombro, Alina en realidad no tenía opciones. Damien se recostó en la silla, tomándose un momento antes de responder. —Es una chica lista. Sabe lo que le conviene —Leonardo chasqueó la lengua y recargó su espalda en el respaldo de su asiento. —Bueno, a juzgar por las fotos, es muy hermosa. Damien apretó los labios sin decir nada, pero su mente traicionera lo llevó de inmediato a esa imagen en la cocina. Alina, de espaldas, cuando trató de alcanzar la caja de galletas en la alacena. Su blusa elevándose apenas unos centímetros, lo suficiente para dejar a la vista esa parte baja de su espalda, justo donde los pequeños hundimientos en su piel creaban una maldita tentación en la oscuridad de la noche. Damien carraspeó, devolviendo su mirada a la de Leonardo. —Sigan buscando. Leonardo lo observó con perspicacia, pero no comentó nada. —Dime algo… —cambió de tema—. ¿Crees que quien nos atacó podría ser el mismo que estuvo detrás de la muerte de Constance? Damien apretó la mandíbula. El nombre de su esposa muerta siempre le dejaba un vacío frío en el estómago. —No lo sé. —Se pasó una mano por la barbilla, exhalando con pesadez—. Pero lo vamos a averiguar. . Damien llegó a su mansión cuando el sol ya comenzaba a ocultarse tras los rascacielos de Manhattan. Lo primero que vio al entrar fue a Alina con Dante en la mesa del comedor. —No me gustan las verduras. —protestaba el niño, con los brazos cruzados. —Eso está bien. —Alina se encogió de hombros, aparentando indiferencia—. Las verduras no son para todos, son para los niños fuertes y valientes —mencionó despreocupada. Dante frunció el ceño. —¡Yo soy fuerte y valiente! —replicó el niño, observando el trozo de brócoli como si fuese su enemigo. —No lo sé —respondió ella con calma, llevándose un bocado de ensalada a la boca—. Solo los verdaderamente valientes las comen sin protestar. Dante la miró con sospecha, pero luego miró su plato. Finalmente, tomó su tenedor y empezó a comer. Damien se quedó en la entrada, observando todo con atención. Alina era dulce con su hijo. Cuando ella levantó la vista y lo vio ahí, Damien se acercó a Dante y besó su corinilla, el niño sonrió al ver que su padre había llegado. Después, el mafioso colocó de nuevo su mirada implacable y se dirigió a ella. —Cuando termine de comer, te espero en el jardín. El jardín trasero de la mansión era amplio y sofisticado, con una mesa rodeada de sillones cómodos bajo una pérgola de madera. Cuando Alina llegó, Damien estaba de pie, con un vaso de whisky en la mano. Ella se detuvo a unos pasos de él. —Dante se siente cómodo contigo. —dijo él, rompiendo el silencio. Dio un trago a su bebida y miró a Alina. —Eso parece —respondió ella, cambiando la voz dulce que utilizaba con Dante por una seria. Damien giró el vaso en su mano, observándola con intensidad. —Hice una buena elección llevándote conmigo —declaró ladeando una sonrisa. Disfrutando dl rostro de ella, visiblemente enfurecido. —La gente normal coloca anuncios, no secuestra personas —dictaminó elevando una ceja. Él sonrió, sin inmutarse, sin importarle. Luego sacó una tarjeta negra de su bolsillo y se la tendió. Alina la miró sin tomarla. —¿Para qué es? —preguntó con desconfianza. Damien no bajó la mano, pero sus ojos recorrieron una vez más a la pelirroja. —Para que compres lo que necesites. Sé que no trajiste más que una maleta —respondió, esperando que Alina tomara el plástico—. Es una orden. Ella apretó los labios y tomó la tarjeta con evidente renuencia. Ella pensaba pedir que la llevaran nuevamente a su departamento por el resto de sus cosas, pero había otras tantas que necesitaba comprar. —Leonardo te llevará de compras. Compra ropa más recatada —agregó Damien, y la observó de arriba abajo. La blusa que llevaba tenía un escote que, a su gusto, era demasiado pronunciado. Alina parpadeó, sorprendida. —¿Qué? —preguntó ofendida —Lo que oíste —dijo él, meciendo el vaso de whisky y lo llevó a sus labios. Ella frunció el ceño, su ropa, aunque no eran prendas costosas como las que evidentemente ese hombre usaba, no exhibían demasiado. —No visto vulgar —reprochó, sorprendida de que se atreviera a sugerirlo. Damien sostuvo su mirada. —Lo sé. —Entonces, ¿por qué debería cambiar mi ropa? —preguntó nuevamente, aquello era exagerado. Damien dejó el vaso sobre la mesa y dio un paso hacia ella. La distancia entre ellos se acortó, lo suficiente para que Alina sintiera su proximidad como una amenaza silenciosa. Damien Brown era un hombre grande, tanto, para hacerla elevar su rostro para poder mirarlo a los ojos. Y cuando lo hizo, los vio intensos, llenos de un deseo que la hizo estremecer. —Para evitar que quiera cogerte.
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