La mañana del sábado. El hospital estaba en completo silencio cuando Michele Brown cruzó sus puertas. El hombre vestía un traje oscuro y su andar imponente no pasaba desapercibido. Los médicos y enfermeras que se cruzaban en su camino bajaban la mirada, como si su sola presencia alterara la paz del lugar. Porque Michele Brown no era solo un hombre de negocios. Era un titán. Un hombre que había pasado muchos años en la mafia, uno que había logrado expandir el imperio que creó su padre y ahora, observaba como este imperio era mantenido por su hijo. Sus pasos resonaron con fuerza en el pasillo hasta que llegó a la habitación de su nieto. Empujó la puerta sin anunciarse y en seguida vio a Damien. Sentado en un sofá de la habitación, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija

