La palabra que Damien mencionó, resonó en la cabeza de Alina como un decreto absoluto, como un maldito contrato firmado con sangre. Sus ojos se ensancharon por el asombro y su boca se entreabrió, pero ninguna palabra salió de su boca. Solo observó el rostro de Damien buscando en él algo que le dijera que estaba bromeando, sin embargo. Damien no titubeó, su mirada no tembló ni un solo instante. Él lo afirmaba, lo había decidido y Alina no sabía si eso le gustaba o le aterraba, quizá un poco de ambas. Alina parpadeó rápidamente, tratando de procesar el peso de esas palabras. —¿Tu… mujer? —logró murmurar, su tono atónito. Incrédulo. Damien se inclinó hacia ella, acortando toda la distancia mientras acercaba sus labios a los de ella. —Mi mujer —repitió, como si quisiera asegurarse de que

