Había sido una semana exhaustiva en el hospital infantil, aunque todos los médicos agradecían que no se debía por la epidemia de semanas atrás. Los residentes habían regresado a sus turnos matutinos, a excepción de Erika, quien había tenido la oportunidad de cubrir algunos turnos, algo que, si bien era un tanto agotador, le ayudaba para sus gastos mensuales. El timbre de su departamento sonó de golpe, interrumpiendo la tranquila noche de Erika. No esperaba visitas, mucho menos a esas horas. Con el ceño fruncido, dejó la copa de vino en la mesa de centro y caminó hasta la puerta, abriéndola con cautela. Lo último que imaginó fue encontrarse con Keegan Donovan en el umbral. Vestía una camiseta de algodón sin mangas en tono gris, ajustada lo suficiente como para resaltar sus músculos cincel

