Capítulo 15

965 Words
—No lo haré— me negué nuevamente, mirándolo a los ojos.   No podía creerme que Harold el simio Styles, luego de haber sido un encanto la noche anterior, a la mañana siguiente despertara siendo el mismo imbécil de siempre. ¡Simplemente no me lo podía creer!    ¿Acaso se había puesto un horario para su bipolaridad? ¿Acaso había un insecto nocturno que lo picaba por las noches y lo dejaba convertido en un simio idiota parlante? ¿O acaso es que, este chico quería volverme loca?   —Tienes que hacerlo. No permitiré que te vistas de esa manera. ¿Quieres irte en auto? Bueno, ya sabes el precio— dijo él encogiéndose de hombros, diciendo algo parecido a "no hay de otra".   Suspiré.   —¿Tanto te importa tu preciada popularidad?— pregunté furiosa.   —Sí— dijo en un latido.   Dios, era el rey de la vanidad y el dios del egoísmo. Iba a duras un día y ya no podía soportar vivir a solas con aquel chico de ojos color vómito. Sentía que si es que no iba a morir, terminaría suicidándome.   Tirándome de un edificio.   Alto.   Dejando una nota declarando que el culpable era Harold el simio Styles.   Sí, era una buena idea.   —Jade, sólo combina ropa como lo hiciste ayer y listo— dijo él como si fuese lo más sencillo.   Pero no lo era. Yo era la nerd, la chica invisible aunque criticada, la chica desapercibida pero a la cual todos la molestaban. Y el día anterior, cuando me había vestido de aquella manera, mi día no había sido como los otros; y eso no me agradaba nada. Me había acostumbrado a las burlas, a ser ignorada… ¿Y ahora me tenía que acostumbrar a diferentes comportamientos? No, gracias.   —No se me da la gana— dije cruzándome de brazos.   Harry se me acercó, lo suficiente como para tener su aliento pegando sobre mi rostro, como muchas veces lo había hecho antes, pero con la única y extraña diferencia, de que esta vez, él al verme a los ojos, me hizo sentir nerviosa.   ¿Pero qué rayos me estaba pasando?   Mala, Jade, mala.   De seguro me había resfriado y eso afectaba a mi cerebro.   Y a los latidos de mi corazón también, sí, seguramente.   —Te pondrás otra ropa que no sea holgada: sí, o sí— dijo él fríamente y se alejó de mí, yéndose por la puerta y dejándome la ropa mal combinada que él había escogido.   Tomé una bocanada de aire, para luego dejarla ir al momento en que tuve que cambiar mi preciada ropa holgada y cómoda, por una ropa que me incomodaba pero que según Harry era mejor que ir vestida como una vagabunda, y rogué mentalmente paciencia para no ir y matar a Harry.   Y es que él era tan irritante hasta el nivel de homicidio.   Luego de haberme puesto una tenida que, finalmente, yo había terminado por escoger, tomé mi mochila, salí de mi habitación y me dirigí a las escaleras, para después bajarlas escalón por escalón dando brincos pequeños.   Llegué a la sala de estar, dejé mi mochila en el sillón y entré a la cocina en busca de mi desayuno. ¿Y qué es lo que me encontré allí?   ¡Así es, damas y caballeros, a un simio idiota intentando abrir una lata con una cuchara! ¡Esa era la demostración de inteligencia máxima!   Volqué los ojos al ver que Harold no se rendía de abrir una lata con una cuchara y me dirigí al refrigerador, en busca de mi desayuno, el cual pensando que consistiría en leche y un pan, terminó consistiendo en leche y galletas.   ¡Sí! ¡Galletas! ¡Me muero! ¡Y revivo para comérmelas! ¿Saben cuánta fue la emoción al tomar la leche entre mis manos, voltear, y ver que había galletas con chispas de chocolate en el mesón? Fue una experiencia simplemente increíble.   Mientras comía las galletas felizmente, veía a Harold intentando abrir la lata con la cuchara. Reprimí una risa y observé el reloj que colgaba de la pared. Siete en punto de la mañana. Apostaba a que no lograría ni siquiera romper un poco la lata y habrían pasado más de quince minutos. Lo apostaba…     Y así fue pasando el tiempo. Ya iban cinco minutos, dos paquetes de galletas comidos, y ninguna lata abierta. Lo más gracioso de todo, era que ahí estaba Harry, todavía intentando abrir la lata.   Ese chico era bastante terco en cuanto algunas cosas, excepto en los estudios, por lo que reflejaban sus notas del semestre. A veces me preguntaba cómo lo hacía para pasar el curso.   Seguí comiendo mis hermosas y preciadas galletas, cuando escuché el ruido molesto del teléfono de la casa. Vi a Harold, esperando que reaccionara y fuera a contestar, pero simplemente se limitaba a quedarse ahí intentando abrir la lata con la maldita cuchara. Suspiré y terminé contestando yo.   —¿Hola?— respondí el teléfono en la cocina, mirando de reojo a Harold el simio idiota que creía que podía abrir una lata con una cuchara Styles.   —Hola. ¿Se encuentra Harry?— preguntó una voz masculina que se me hacía familiar.   —Lo siento, está ocupado intentando abrir una lata con una cuchara. ¿Quién lo busca?— dije yo sintiéndome un tanto estúpida por sonar como su secretaria.   —James— respondió él y sentí que mi corazón se detenía por un largo segundo. ¡Por Dios, era James Blair!—. ¿Y tú quién eres? Tu voz me suena.   —¿Qué? ¿Yo? No, no, no sé quién eres, adiós— dije nerviosamente y colgué la llamada.   No podía permitir que James se enterara de que vivía con Harry. Prefería tener algo con que chantajear a Harold.   —¿Quién era?— preguntó la voz del simio, sacándome de mis pensamientos maliciosos.   —¿Te importa? Creo que más te interesa intentar abrir inútilmente una lata con una cuchara— dije yo arqueando una ceja.   Él suspiró y botó la cuchara, para luego apoyar amabas de sus manos en el mesón y ver la lata con un signo de pregunta reflejado en la cara.   —No tengo idea de por qué la maldita lata no se abre.   Golpeé mi frente con la palma de mi mano. Este chico era un bobo de primera.  
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