Siete y media de la mañana, cuatro paquetes y medio de galletas comidos, dos cucharas rotas, una lata aún cerrada, y un simio idiota en la cocina; y creo que esa sería la exacta definición de mi mañana. Harry no se rendía en cuanto a la maldita lata, creo que hasta se le había olvidado el contenido que había adentro, estaba casi segura. Cuando ya estaba rota la tercera cuchara, procedí a mi siguiente movimiento, ya que estaba exasperada de que se demorara tanto.
—¡Harold!— exclamé haciendo que brincara por el susto.
—¿Qué?— preguntó él desorientado y yo volqué los ojos mientras me dirigía a un mueble de la cocina.
Abrí un cajón, saqué un cuchillo, me dirigí hacia Harold, lo empujé a un lado pesadamente, y quedé frente a frente con la muy maldita lata. Rápidamente le clavé el cuchillo en la parte superior, hice un pequeño pero fuerte movimiento, y la lata se abrió, quedando la tapa pegada al filo del cuchillo.
Miré a Harry, matándolo con mi mirada, enojada por el simple hecho de no poder haber abierto la lata antes. Él me miró molesto aunque ridículamente.
—Sólo tenías que usar un maldito abrelatas— dije enfadada, echando humo por la nariz y las orejas, irradiando enojo por los ojos y mis ganas de matarlo con la misma cuchilla que había en mis manos.
Dejé el cuchillo sobre la mesa y me detuve a observar el contenido que tenía la lata en su interior. Alcé la mirada y fulminé con la mirada a Harry.
—¿En serio? ¿Palmitos es tu idea de un desayuno?
Él soltó un bufido, poniéndose a la defensiva, como siempre, comportándose como un reverendo imbécil.
—¿Te interesa?— dijo con ironía.
—Sí. Por esta maldita lata es que llegaremos tarde— le respondí y él frunció el ceño.
—Faltamos a clases, no es para tanto— dijo encogiéndose de hombros.
—¿Cómo se te ocurre decir eso?— dije molesta, pero él volteó, ignorándome.
Resoplé exasperada ante su comportamiento tan infantil y salí de la cocina, gritando «me llevaré tu auto, si te quieres quedar: quédate», y tomé las llaves del auto que estaban sobre la mesita de la sala. Me dirigía a la puerta cuando siento la presencia de toro de Harry detrás de mí. Volteé sobre mis talones para mirarlo.
—No. Toques. Esas. Llaves— dijo separando las palabras, luciendo enfadado a mil.
—¿Y qué si lo hago?— pregunté, retándolo como me había acostumbrado a hacerlo.
—No me hagas decirlo— dijo él matándome con la mirada, casi literalmente, podía sentir hervir mi cuerpo al mirarlo a los ojos… ¿Eso debía ser porque quería matarme, no?
—Me da igual— dije encogiéndome de hombros, imitando su comportamiento. Sí, un tanto irónico.
Me dirigí a la puerta con el fin de salir de ahí, pero sus brazos me lo impidieron.
—Ni te atrevas— dijo soltando humo hasta por las narices.
Pero extrañamente, me sentí rara. Sus brazos rodeando mi cuerpo, su aliento chocando contra mi nuca, y mi maldito y desobediente corazón que iba más rápido de lo normal.
Debía ser que tenía hambre.
Sí.
Un momento… ¡Me acababa de comer tres paquetes de galletas!
Entonces, ¿qué demonios me estaba pasando? ¿Por qué me ponía tan nerviosa? ¿Por la cercanía? No, imposible.
Debía de estar resfriada.
Era la teoría más lógica.
—Aléjate— dije molesta zafándome de sus brazos y bajando la mirada para que no viera lo avergonzada que estaba.
Tal vez era fiebre.
Sí, esa podía ser la razón de todo este extraño y repentino comportamiento en mí.
Con las llaves del auto en mano, logré salir de la casa, sin que Harry me detuviera. Al salir de ahí, cerré la puerta fuertemente, impidiendo que el simio saliera de su cueva, y apoyando mi espalda contra la puerta para que tampoco pudiera forzarla.
Mis mejillas estaban ardiendo.
Mi corazón acelerado.
Mis piernas temblando.
Tenía que ir al doctor.
—¡Jade!— exclamó Harry desde el interior de la casa, provocando que diera un brinco por el susto.
—¿¡Qué quieres, idiota!?— exclamé en respuesta, reprimiendo una carcajada al momento de darme cuenta de nuestra charla a gritos.
—¡Pásame las llaves!
—¡No se me da la gana!
—¡Te digo que me las pases!— dijo mientras golpeaba fuertemente la puerta.
Guardé silencio resentida.
—¡Jade, que me pases las malditas llaves!— exclamó él molesto. Al parecer cuando estaba su preciado auto entrometido no le gustaba mucho el asunto.
Qué protector llegaba ser a veces este chico con sus cosas más preciadas.
—¡No quiero!— canturreé como niña de parvulario,
—¡Eres una infantil!— se quejó él, insultándome.
—¡Y tú un imbécil!— grité enojada.
—¿Peleas de pareja? Pasa— comentó una señora en un suspiro que pasaba por ahí.
Yo simplemente me quedé mirándola, extrañada, frunciendo el ceño notoriamente.
¿De dónde había salido esta señora? ¿Peleas de pareja? ¿Quién se creía esta tipa para pensar que yo era pareja de un simio? La muy hija de su mamá.
—¿Quién era?— cuestionó la voz del simio del interior de la casa.
—Una vieja entrometida— respondí cuando ya la señora esa completamente extra se había alejado.
Suspiré y miré mi reloj. Ugh, daba igual, de todas maneras ya llegaba tarde. El muy estúpido de Harry rompía todos mis esquemas de alumna perfecta. Este chico me tenía harta. Desde que lo conocí ya no era la misma.
Imbécil.
Simio.
Y de pronto, sentí mi tic nervioso del ojo hacerse presente. ¡Maldición! ¡Qué gran día!
Dejé de apoyarme sobre la puerta y Harry apareció detrás de ella, mirándome como si quisiera… ¿Cómo explicarlo en simples palabras? Tomar mi cuello, doblarlo hasta que se desprendiera de mi cuerpo, luego lanzarme partida por la mitad a un mar repleto de pirañas, que me comieran lentamente a mordiscos, y luego, lanzar mis desechos, a un incinerador.
Adorable.
—¿Estás loca? ¡Es mi auto! ¡No puedes tocar así como así a Betty!— exclamó él, alterado, haciendo que se marcara una vena en su cuello.
Y yo lo único que atiné a hacer fue:
—¿Quién es Betty?— pregunté estúpidamente.
Señaló a su auto. Miré su auto. Y reprimí una carcajada burlona que amenazaba con salir.
HARRY'S POV:
Subí el volumen de la radio y presté absolutamente toda mi atención en el camino a la escuela; o eso intenté.
Ahí estaba Jade Thirlwall, mirando por su ventana, moviendo rítmicamente su pie, sacándome de quicio con cada movimiento que hacía, cada vez que respiraba me hacía enfadar, cada vez que movía su cabello provocaba un sentimiento gigantesco de enojo en mí. ¿Por qué? Porque no podía evitar mirarla cuando hacía algo, y eso era lo irritante.
Parecía un loco psicópata sacado de un filme de horror. Un completo obsesionado. Y lo odiaba. Odiaba eso.
Llegamos a la escuela y aparqué el auto, quedándome un momento en el auto, esperando que alguna idea divina viniera a mí diciéndome cómo o qué excusa usar para que mis amigos no creyeran que vivía con la nerd, con la cerebrito que me sacaba de mis casillas.
—Tan sólo usa la misma excusa de ayer. Dices que es la última vez y mañana me bajo una cuadra antes de llegar a la escuela— dijo con una sonrisa un tanto fingida, forzada.
Asentí con la cabeza guardando las tantas palabras que quería decirle, y se bajó del auto.
Maldición, y nuevamente a pesar de que se presentaba la ocasión de hablar con ella, se me iba como hoja que lleva el viento.
Exagerado.
Volqué los ojos para mí mismo y bajé del auto, dirigiéndome al lugar donde todos mis amigos conversaban animadamente.
—¡Hola, perdedores!— los saludé a todos con nuestro típico saludo de puño contra puño.
—Hola, Styles. ¿Viste a la tal Jane? ¡Está que arde!— comentó Will, uno de mis amigos, en un comentario un tanto desagradable y pervertido, como siempre lo hacía.
—¿Jane? Se llama Jade, imbécil— contradijo James, quien he de admitir que me sorprendió, pues para empezar no pensé que conociera a la nerd y que para remate se acordara del nombre de una chica, pues… él no… no era muy bueno recordando nombres que digamos.
—Perdón, que a James no le gusta que hablen de su querida Jade— se burló otro de mis amigos y James lo fulminó con la mirada.
—Sólo vamos a clase— se limitó a decir y se dirigió a las puertas de la escuela, dejándome desconcertado y con un extraño revoltijo en el estómago.
¿A James le gustaba Jade? ¿Al chico popular le gustaba la nerd? ¿A mi mejor amigo le gustaba mi compañera de casa?
—¿Celoso?— me preguntó una voz en mi interior, la cual borré de inmediato luego de responderme interiormente «NO».
Todos mis amigos siguieron como perros falderos a James, canturreando, chillando y burlándose sobre lo mismo "¡A James le gusta Jade, a James le gusta Jade…!". Eran tan irritantes esos chicos, no dejaban de molestar, me daban ganas de matarlos, sacarles los ojos, coserles las bocas, o qué sé yo.
—¿Puedes callar a estos estúpidos? Viene Jade y lo último que quiero en el mundo es que escuche lo que ellos cantan— me dijo James entre dientes al oído, haciéndolo disimuladamente.
Presté atención al frente de batalla, digo del pasillo. Y efectivamente, venía Jade, caminando hacia nosotros, en nuestra dirección, mirando los casilleros, como si estuviera buscando alguno específico con la mirada.
—Chicos, cállense— dije rápidamente, lanzando una de mis típicas miradas de «chicos, estoy que cometo homicidio con cada uno de ustedes», y como siempre, todos guardaron silencio, dejando de molestar con esa canción estúpida de James y Jade.
Era una estúpida canción, ridícula.
—Hola, Jade— saludó James a la chica de gafas, haciendo que ella quedara un tanto cohibida.
—Hola, James— dijo ella en una sonrisa, una sonrisa que sólo pocas veces me había dedicado a mí.
Joder, qué rabia.
Y allí se quedaron hablando, cuando a la orden de Will, los demás nos alejamos, dejando a James con su próxima conquista, conquista que no me agradaba nada en apoyar.