Una maldición salió de mi boca tan pronto desperté y vi la hora en mi reloj de muñeca. Simplemente fantástico.
Me había quedado dormida a eso de las cinco de la mañana, por culpa del simio idiota que tenía como compañero de hogar y quien había decidido entablar una discusión en plena madrugada. Me había quedado una hora pensando en por qué era tan imbécil, por qué era tan irritante, y por qué, aun así, era uno de los chicos más populares en la escuela. No hubo respuestas coherentes por parte de mi limitado cerebro, al menos no esa noche.
Abrí el grifo de la bañera una vez que cerré la puerta del baño y me volteé hacia el espejo sobre el lavabo para observar mi rostro. Las ojeras eran notorias, contrario a la frustración latente que estaba esforzándome por reprimir.
¡De verdad, no podía creerlo! ¡Me había pasado una hora entera de la madrugada, pensando y pensando, sin obtener siquiera una sola respuesta! Estaba más que enfadada, y no podía creer que la culpa de mi falta de sueño era el mismísimo idiota engreído y egocéntrico de la puerta de al lado.
Inhalé hondo, decidiendo olvidar todo pensamiento negativo —al menos por el momento— y simplemente disfrutar el día domingo; último día del adorado fin de semana, antes retornar a la rutina escolar que deparaba el día lunes.
Me vestí con unos pantalones de chándal, un suéter gris oscuro, mis zapatillas imitación Vans y mis nunca-faltantes gafas. Bajé las escaleras que terminaban cerca de la sala de estar y me dirigí directamente hacia la cocina para preparar el desayuno.
Curiosamente no había nadie despierto todavía. Podría ser por el hecho de que era muy temprano o que todos estaban muy ocupados con sus cosas. Cualquiera de las dos opciones me dejaba con la idea de que desayunaría sola. Tomé una rebanada de pan y un vaso de jugo de arándano antes de instalarme en el comedor de diario.
Tras terminar, regresé a mi cuarto, pensando en estudiar un rato para avanzar un poco la materia de biología, sobre todo considerando que había prueba el próximo martes. Para mi sorpresa o decepción, mi estudio no duró demasiado.
No sabía cómo, y menos cuándo, pero cuando pestañeé, me di cuenta de que había caído dormida de una manera un tanto… rápida. No era usual para mí quedarme dormida, menos estudiando, pero podía hacerme una idea de por qué, teniendo en cuenta que había dormido apenas tres míseras horas. Me aliviaba saber que había una razón para ello.
Alguien golpeó la puerta de mi cuarto minutos después. ¿Quién sería? Claramente Harry no era, ya que él no tenía respeto por nadie y menos le importaría la opinión de una rata de biblioteca. ¿Anne? ¿El padre de Harry? ¿Mi madre? Bufé. No servía de nada andar preguntándome eso, no era adivina, así que opté por caminar hasta la puerta y abrirla.
—¿Mamá?— pregunté perpleja al verla vestida así.
¿Qué rayos le pasaba a mi madre? Era Domingo, ella siempre se vestía de jeans y camisetas los fines de semana. ¿Por qué estaba vestida con ese atuendo que usaba para ir al trabajo, conferencias, reuniones, o que también usaba para causar buena impresión?
—Saldré con los Styles.
—¿Y por qué?— pregunté curiosa apoyándome contra el marco de la puerta y alzando una ceja.
Muy bien, sabía por qué estaba tan bien vestida, la nueva pregunta era: ¿por qué saldría con los señores Styles? ¿Me quedaría sola en casa o quería que fuera también?
—Queremos conversar un rato, hacía tiempo que no nos reuníamos. Tú te quedarás aquí en la casa con Harry. No creo que haya mucho problema, ya que te la pasarás en tu habitación— eso era cierto—, así que yo saldré con los padres de Harry y… Bueno, te daré la noticia luego— dijo soltando una risita juguetona al final.
¿Qué? ¿Qué noticia?
—De… de acuerdo— dije no muy convencida y, luego de que mi madre me diera un beso en la frente en señal de despedida, se fue con sus queridos amigos Styles.
Perfecto. Me quedaría en casa con un simio idiota que sólo sabía hacer el tonto y amenazarme estúpidamente con que me fuera de su casa. Sencillamente ideal.
Me encerré de nuevo en mi habitación y cuando volteé para recostarme en la cama, agotada por estudiar —o intentarlo—, me di cuenta de que no era la única en la habitación. No, no se había metido un vagabundo volador por la ventana, no.
Sobre mi cama había un gato.
¡Un gato! ¿Por qué había un gato ahí? ¿Qué rayos hacía un gato ahí? ¿Sabía con seguridad que era un gato? Y si no era un gato… ¿qué era? En todo caso… ¿por qué estaba en mi habitación?
El probable pero no seguro gato bostezó tiernamente.
¡Aw, qué ternurita! ¡Me había enamorado de esa hermosa criaturita del señor en menos de un segundo! Sí, ya, me había enamorado de un gato. Suceden cosas más raras.
—¡Dusty!— escuché resonar la voz de Harry por el pasillo.
Ignoré su grito extraño. ¿Quién rayos se podía llamar Dusty y qué estaría haciendo en esta casa? Además, ¿cómo perder a una persona? Resoplé y seguí viendo al gato. ¡Era un amor! Me moría por saber su nombre. O tal vez no tenía dueño… ¡Oh, por Dios! ¡Un gato para mí! Me albergaba la alegría de tan sólo pensarlo.
El griterío de Harry seguía escuchándose por toda la casa. ¿Es que este chico jamás se cansaba de gritar? Buscaba a alguien llamado Dusty, en una casa, a gritos… ¿Es que era imbécil o qué? Ah, verdad, que era el simio más idiota del mundo. Pero claro, y yo preguntándome si era imbécil o no: ¡Claro que sí!
Seguí jugando con el gato. Era un amor de animal. Era tan tierno, tan suave, tan encantador, tan… tan gato. Supongo.
—¡DUSTY!— y Harry ya llevaba más de una hora gritando por la casa, llamando a alguien que seguramente jamás aparecería.
Los pasos fuertes y pesados de Harry subiendo por las escaleras, al parecer espantaron al pobre gato, por lo que se escondió debajo de mi cama. Oh, perfecto, ¿ahora tendría que buscarle? Solté un suspiro y me agaché.
Rayos, el espacio entre la cama y el suelo era bastante estrecho. Tendría que arriesgarme. El gato estaba hasta el fondo, por lo que tuve que empezar metiendo mis brazos, luego mi cabeza y… quedé atrapada porque no podían pasar mis hombros.
Simplemente perfecto. ¿Se pueden imaginar a una chica debajo de una cama, a la cual se le veían las piernas, la espalda, pero no los brazos ni la cabeza? Raro. Pero Harry no tenía que imaginar nada, ya que él… él había entrado a la habitación (sin permiso) de repente y encontrándome en aquella situación.
Qué vergüenza.
Escuché cómo Harry intentaba reprimir la risa a mis espaldas.
—¡Cállate y ayúdame a salir de aquí!— chillé alterada y moviendo los brazos y piernas ridículamente, haciendo que Harry soltara una carcajada.
—Lo siento, no ayudo a chicas tontas que se estancan en una cama— dijo él burlonamente y me dieron ganas de golpearlo.
Pero no podía.
—Ayúdame a salir de una vez por todas y déjame en paz— demandé furiosa tratando de fulminarlo con la mirada.
Pero no podía.
—Olvídalo, yo mejor te dejo en paz ahorita y sigo buscando a Dusty. ¡Hasta luego!- dijo él divertido y estaba a segundos de irse cuando no tuve otro remedio que…
—¡Maldición, Harold, estúpido! ¡Ayúdame!— grité furiosamente. Estaba segura de que hasta los vecinos me habían escuchado.
—Anda, Jade, que no me llames Harold— dijo Harry escuchándose como un niño pequeño—. Y no te ayudaré, mejor tú sálvate. Con ese grito de seguro los vecinos escucharon, ellos vendrán a rescatarte.
Simio idiota.
—Anda, por favor, Harold, ayúdame— murmuré tristemente escuchándome como una niña de seis años.
—No, Poopey— se burló y logré calcular suficientemente bien como para darle una patada con mi pierna—. ¡Auch! ¿Estás loca?
—Y tú eres un simio idiota. Ahora ayúdame a salir— demandé nuevamente y Harry, luego de resoplar aburrido, me ayudó a salir.
Solté un suspiro al verme entera afuera de ese horrible lugar que había entre la cama y el suelo. ¡Era libre! Por un momento había creído que moriría allí estancada.
En eso, por haber salido yo, el gato salió de su escondite. Harry y yo observamos al gato, pero luego de unos segundos, la mirada de Harry se fijó en mí, luciendo totalmente molesto.
—¿Qué?— cuestioné sin entender la razón de su expresión.
Él apuntó al gato con su dedo índice.
—¡Dusty!— me dijo furioso.
—… Oh— dije estúpidamente dándome cuenta de la situación.
—¡Raptaste a Dusty!— me acusó infantilmente Harry.
Ahora entendía por qué su madre lo llamaba "bebé".
—¡No secuestré a Dusty!— me defendí.
—Cállate. ¡Hereje!— me acusó nuevamente. Rodé los ojos, preguntándome si su estupidez conocía límites.
—No me robé tu gato, él vino solo. Ahora, ya, da igual— dije restándole importancia.
—¡Ladrona!— se quejó con el ceño fruncido mientras me señalaba con su dedo índice.
Bajé su dedo, lo miré enfadada a los ojos y respondí en un tono ridículo algo que de cierto modo me rebajaba a su nivel:
—¡Simio!
—¡Nerd!
—¡Imbécil!
—¡Rata de biblioteca!
—¡No me llames así!— dije más molesta y me lancé sobre él para golpear su pecho inútilmente.
Él no me podía golpear, yo era una chica y el orgullo de los hombres les impedía golpear a personas del sexo femenino. Por otro lado, yo no hacía mucho daño porque era débil, por lo que al golpear su tórax me veía (y sentía) bastante inútil.
—¿Terminaste con tu rutina de golpes?— cuestionó Harry con una ceja levantada.
Suspiré con resignación y cesé mis golpes. Definitivamente no provocaría ningún daño golpeando a Harry Styles con tan sólo mis puños… Necesitaba un bate de beisbol.
—Bueno, ya que tú tenías a Dusty… ¿te importaría cuidarlo? Hoy tengo una cita con la chica más caliente de la escuela y quiero a estar a solas con ella— dijo con una sonrisa picarona. Ew, asqueroso.
—¿Y por qué buscabas a Dusty si no querías pasar tiempo con él?— cuestioné extrañada. Buscaba a Dusty, lo encontraba… ¿y luego me pedía que lo mantuviera alejado de él?
—Estaba preocupado por él, lo quiero mucho para tenerlo perdido…— murmuró Harry en defensiva, con el ceño fruncido pero con la mirada enternecida.
Tal vez… ¿tiene corazón?
Sacudí mi cabeza un instante después. Nop, no era realista.
—¿Con qué chica saldrás?— pregunté intentando cambiar de tema.
—Se llama Amanda.
—¿Amanda?— repetí extrañada. No había escuchado nunca de ninguna Amanda.
—Es mi compañera de laboratorio.
—Ah, claro— dije fingiendo saber. Mentira, ni siquiera sabía que Harry asistía al laboratorio.
—¿No la conoces, cierto?— preguntó divertido.
—Nop— dije soltando una leve risita nerviosa y él se encogió de hombros.
—Es mejor que no la conozcas— y dicho esto, Harry se fue de mi habitación, dejándome con Dusty.
Perfecto, sería la niñera de un gato. Suspiré pesadamente y di media vuelta.
Dusty no estaba.