Camila subió a su habitación, llamó a la puerta. —Adelante, puedes pasar. Camila entró, y se quedó perpleja, el cuarto estaba lleno de velas encendidas, rosas por todos lados. Emmanuel estaba solo en una bata de dormir, pero cuando se la quitó, ella pudo ver su cuerpo desnudo y un moño en el centro de su pecho. —¿Está lista, señora Harp? ¡Soy todo suyo! Ella no evitó reír. Sonriò, mirándolo de arriba abajo, alzando una ceja con picardía. —Bien, querido regalo, quítese ese moño y suba a la cama. Emmanuel se quedó perplejo, pero obedeció convencido. Se quitó el moño, y fue a la cama. Camila sonriò al verlo, buscó entre sus cajones y tomó un cinturón, ató las manos de su esposo. —¡Oye, traviesa! ¿Qué haces? —Eres mi regalo, los regalos no hablan, son para disfrutar. Él rio diver

