No puedo dejar de pensarlo. Sé que no voy a olvidarlo, pero al menos debo aprender a dejarlo atrás. Él será parte de mi pasado. Yo estoy aprendiendo a vivir mi presente. Élo se encierra en su taller —esa habitación que ha convertido en su pequeño mundo— y yo hago lo mismo. En mi cuarto, me acerco al rincón que ella me ayudó a preparar, un pequeño espacio con un lienzo en blanco y las pinturas que compramos el fin de semana. Después de que ella insistiera tanto, decidí intentarlo. Preparo los colores, tomo el pincel con las manos temblorosas y dejo que se mueva sin pensar demasiado. Me pierdo en cada trazo, en cada mezcla, hasta que, al final, reconozco una figura: la silueta de una mujer con los ojos cerrados. Aún falta mucho, pero ya puedo imaginar lo que viene después, el hombro

