Fabricio estaba muy eufórico. Lo noté apenas llegué a clases. Tenía los ojos brillantes, encendidos como luceros, y reía y hacía bromas con sus compañeros. Solo le faltaba bailar. -¿A qué se debe tanta fiesta, Fabricio?-, le pregunté mientras acomodaba mis apuntes, encendía mi laptop y arreglaba mis pelos. Me senté en la silla y crucé las piernas. -Miss, pelearé por el título mundial-, me anunció frenético. Sus demás compañeros estallaron en hurras y vivas y una salva de aplausos remeció el salón. Guido incluso le levantó una mano, gritando a cada rato, -¡nuestro campeón! ¡nuestro campeón! Yo no sabía lo que estaba hablando. -¿Qué significa eso?-, me rasqué los cabellos. -Que de ganar esa pelea seré campeón mundial, Miss-, me aclaró. Entonces me emocioné. -Es tu máximo anhelo, Fabri

