La puerta no tiene compasión de mí, no, la puerta no, la persona que me encerró no la tiene.
Jadeo asustada.
Esto no me puede estar pasando. No puede. Alguien tiene que venir a ayudarme, tienen que ayudarme, por favor.
Azoto la puerta con las manos, gritando por ayuda.
—¡Ayuda! —golpeo más fuerte, siento que la respiración me falla—. ¡Por favor, sáquenme de aquí! ¡Ayuda! ¡Por favor!
Agito de nuevo la puerta, sigue sin abrirse. No soy tan tonta, tiene seguro. Alguien me encerró a propósito.
Mi garganta duele de tanto gritar, de tanto pedir ayuda, me han salido una que otra lágrima, estoy asustada, tengo miedo de quedarme aquí, de que nadie pueda escucharme. De que nadie venga a salvarme.
Salto golpeando la puerta, mis golpes son fuertes, mi corazón bombea más sangre de lo normal, mi cuerpo tiembla aterrado, pero nadie puede verlo. Nadie puede oírme. Quiero derribar la puerta, ¿Por qué no se abre? ¿Por qué nadie viene?
—¡Por favor, vengan! —sollozo al límite—. ¡Ayuda! ¡Estoy aquí!
Sigo saltando, y unos de mis tobillos se dobla, doy un quejido, dolió, miro lo que pasó. Uno de mis zapatos se rompió.
—No… —lamento agachándome en el suelo, me quito el zapato, el tacón corto se despegó y se abrió la suela, se dañaron. El abuelo ha de estar enojado conmigo por romperlos.
Siento mucho daña tu obsequio, abuelo, esta no era una ocasión especial. Me quito los zapatos, y los aprieto contra mi pecho. Los guardaré, aunque estén rotos.
Cierro los ojos, duele seguir gritando. Mi garganta está seca, tengo sed. No sé cuanto tiempo he estado gritando, y no me importa, solo necesito que me saquen de aquí.
Tomo un poco del agua del grifo, no en refresca, pero humedece mi boca, lavo mi cara, el agua está caliente, me relaja un poquito. Me miro al espejo.
No.
De ninguna manera debí venir. ¿En qué pensaba? Esta no es mi oportunidad. Lo intenté. Y ¿Qué pasó? Me encerraron en el baño. Llevo horas aquí, mi turno ya pasó. Felicidades a la persona que hizo esto, logró lo que quería, que no asistiera a la entrevista. ¿Por qué yo? Había más personas.
Este no es el camino a mi sueño. No lo es.
Regreso a la puerta, mis manos están rojas de tanto azotar le puerta, me siento agotada. Respiro profundo, recuesto mi cabeza en la superficie de la puerta, poniendo a prueba la existencia de los astros al pedirles que me ayuden a salir de esta. Unos pasos suenan a la lejanía, son firmes y muy imponentes, elevo mi cabeza, es mi salvación. Quizá los astros sí existen.
—¡Ayuda! —clamo fuerte, pegándole a la puerta para que pudieran escucharme.
Escucho unos bisbiseos, y unos pasos aproximarse.
—¡Ábranme, por favor! —imploro— ¡Ayúdenme!
—Hay una chica en el baño. —dice una voz masculina, siento su presencia del otro lado de la puerta.
—Señor, me encerraron en el baño, la puerta tiene seguro, no sé quien pudo…
El sonido del seguro que se quita llega a mis oídos, es gratificante saber que no me quedaré aquí. Retrocedo porque la puerta es abierta y el rostro de un señor se asoma por ella. Luce sorprendido de encontrarme aquí, me examina y sus ojos se detienen en mis pies descalzos.
—¿Cuánto tiempo estuviste aquí?
—No lo sé… yo… no lo sé. —hablo aguantando las ganas de salir del baño.
Asiente comprendiendo.
—Vamos. —apunta con su cabeza hacía fuera, alentándome a salir.
Asiento rápidamente y voy por mi bolso, apenas lo tengo salgo de ahí. Afuera puedo notar que todo acabó. Las entrevistas acabaron, ya anochecerá y, el conserje y yo somos los únicos que estamos en el edificio.
Se me escapa el aire. Este ha sido el peor día de todos los peores días.
El conserje se fue, se disculpó por no haberse percatado antes de que estaba encerrada ahí. Al salir del edificio las ráfagas de aire helado me abrazan, y la fría acera congela mis pies descalzos, me estrujo a mí misma, buscando calentarme. Una taza de chocolate caliente podría calentarme. No, ya es tarde para ir a casa de Lery, a esta hora trabaja de turno en el hospital. Imposible.
Tampoco podré tomar el bus, es muy tarde y no tengo dinero suficiente para pagar un taxi. Estoy arruinada. Mírame, ¿Qué les diré a mis padres cuando llegue a casa? Algo se me ocurrirá en el camino, tenemos tiempo, el camino a casa es largo, y caminando descalza lo hará más largo.
Antes de irme contemplo el edificio en el que moría por trabajar.
Futurtegnology, C.A.
Los mejores fabricantes de autos del país.
Creo firmemente que no estoy hecha para trabajar aquí o simplemente no es el momento para eso. Quizás en un futuro, quizás en otra empresa, quizás si fuera graduada en la universidad. Supongo que aún no es tiempo. No, aún no lo es.
Agacho la cara. Aún tengo el puesto en el taller de mi padre, pero por mucho que me guste estar ahí sé que mi sueño no es quedarme ahí para siempre, quiero avanzar, superarme, triunfar. Cosa que difícilmente podré conseguir si este año no apruebo el examen de admisión.
Exhalo comenzando a caminar por la acera.
El año pasado fue muy difícil y pesado emocionalmente hablando. El accidente de papá, cambió todo, incluso mi destino. Si tan solo hubiera sido aceptada… nada de esto estaría pasando. Seríamos más felices, lo sé.
He caminado un par de cuadras, no les mentiré no siento los pies, están helados, hace mucho frío a estás horas, ya es de noche, camino precavida por si algún extraño se me acerca, las calles no son un lugar seguro cuando la noche cae.
—Maldición. —oigo a unos pasos de mí, es un chico. Lo observo de espaldas delante de mí, tiene el capó abierto, revisa algo en su motor, creo que tiene alguna falla.
Me detengo a una distancia prudente de él, inspeccionando su situación.
La parte de atrás de su camisa está llena de grasa, está sucio y parece perder la cabeza. Sonrío porque esa camisa se ve de marca, no valía mancharla así. Respira profundo, se susurra algo a sí mismo y va al volante, intenta encender, pero el motor emite un sonido extraño, son los fusibles, reconocería ese sonido en cualquier sitio. Espero a que el chico salga del auto, pero no baja. Camino y lo veo rendido en el asiento de conductor, su cabeza cae hacía atrás, su cabello rubio revoltoso brilla tanto por la luz del farol que ilumina la calle, tiene el brazo sobre su cara, específicamente en sus ojos, solo puedo ver sus labios y mentón, labios medianos con más coloración que los míos, y su barbilla es delicada, su piel es como la de una porcelana.
Sacudo mi cabeza, le he detallado demasiado, volvamos a la escena. Su coche descompuesto.
Carraspeo con la intención de llamarlo. No funciona. Lo hago más fuerte, pero murmura cosas inaudibles.
No hay más alternativas, a hablarle. Él baja su brazo, es ahora o nunca.
—Oye. —menciono envalentonada, con mi tono hostil de siempre, pero quedándome muda por su mirada.
Sus ojos. Son… vaya, que ojos. Que par de ojos color ámbar, parecen hechos de miel. Dulces y tiernos.
Adorable, ojalá pudiera decir lo mismo de las facciones de su cara, son todo lo opuesto, son rudas. Cejas pobladas y delgadas. Nariz perfilada con un puente de hermosas pecas sobre ella.
Me ha dejado sin palabras. Nunca lo había visto por aquí.
¿Cómo se llamará?
El lado izquierdo de sus labios se estira para mí. Es una linda pequeña sonrisa.
Rompo el contacto visual, es muy lindo, no quiero sonrojarme y pasar vergüenza en su cara.
—Hey. —dice una voz cálida y varonil, le miro nuevamente.
Exhalo, pensando que al sacar el aire de mí, sacaría las emociones de hablar con un chico así.
—¿Cambiaste los fusibles? —le cuestiono, señalándole el motor.
Frunce su ceño. Uh, que rudo. Madre mía.
—¿Qué?
—Los fusibles —insisto arrastrando las palabras en mi lengua—. Revísalos.
—¿Sabes de esto?
Su pregunta me choca, solo porque soy chica piensa que no sé de autos.
—Solo revisa lo fusibles —zanjo secamente—, créeme, ese sonido es el de un fusible fundido.
Parece haberme oído, baja y revisa los fusibles, y yo igual. Él sin hacer buena revisión me encara.
—Están bien.
Me río en su cara.
—¿Bien? —repito, y le señalo el último fusible que está más oscuro que los demás—. Ese fusible ya está fundido. Cámbialo.
Se acerca un poco mirando el fusible que le señalé, pero gira su rostro que, a centímetros, escruta el mío. Sonríe y arquea una de sus espesas cejas. Su mirada frívola me eclipsa.
—¿Me estás dando órdenes?
Río, pensé que diría otra cosa. Veo que no está acostumbrado a recibirlas.
—Cámbialo —reitero la orden, esta vez tomo mi distancia, miro hacia otro lado, y él ni se inmuta, vuelvo a mirarle, me está vacilando—. Ahora.
Ríe sonriéndome.
—Como usted diga. —dice yéndose a abrir el portón de su auto, ahí estaban sus herramientas y repuestos.
“Usted” creía que ya las personas no usaban esa palabra, la cortesía no existe, pero este chico acaba de hablarme como si fuera el presidente, de forma tan formal y educada.
—¿Por qué vas descalza? —pregunta retirando el fusible dañado, no sonó tajante, sonó amistoso.
En mis manos está el fusible nuevo, juego con el mientras le respondo.
—Mis zapatos se dañaron —soy sincera, no me da pena decirle, me aspira confianza, suspiro y me recuesto en el parachoques el auto—. Era muy especiales. Mi abuelo me los dio, me dijo que los usara en una ocasión especial.
Pero no fue así…
—¿Qué te hizo usarlos?
—Una entrevista de trabajo —bufo—. Una estúpida entrevista, no era una ocasión especial, pero mi abuelo dijo que me darían suerte, que… me pasarían cosas especiales cuando los llevase puesto.
—¿Y no pasaron cosas especiales hoy?
—Me encerraron en un baño —admito y escucho un golpe, se levantó rápido y su cabeza dio con el capó, me pongo de pie para revisar su cabeza—. ¿Te duele?
Su mano soba la zona afectada, pero niega sin que el dolor toque su cara.
¿Acaso es de roca?
—Debió ser horrible.
Frunzo el ceño.
—Ya pasó —zanjo, recordando que es un extraño, no puedo abrirme tanto a un extraño, por Dios. Aclaro mi garganta—. Enciéndelo.
Se queda de pie mirándome. No se mueve.
Resoplo.
—Ahora. —replico arqueando la ceja.
Asiente y va a encender su auto, el motor suena, el ruido del fusible desapareció, y ya no se apaga, suena como buen motor. Sonrío. Lo sabía, era el fusible.
Sale del auto con una gran sonrisa.
—¿Cómo sabías que era el fusible? —me cuestiona anonadado.
No está acostumbrado a que las chicas sepan de autos. Río a mis adentros.
—El sonido. Es casi similar a como suena una falla del alternador, pero no tan fuerte.
Abre la boca, impresionado.
—Yo revisé el alternador tres veces, pensé que tenía problemas.
—Pero ya ves, fueron los fusibles. —le sonrío, y él a mí. Lo he impresionado.
—¿Cómo te llamas? —jadea la pregunta.
Extiendo mi mano para que pueda estrecharla.
—Nellie Banfield. —menciono, ocultando mi emoción por conocerlo.
No medita en si tomar o no mi mano, dudaba que lo tomara ya que las ensucié, pero la toma y la sube a sus labios para besar mis nudillos, así lo hacían en la vieja escuela.
—Sir Trystan XIV de Sverkersson —se presenta, su aliento acaricia mis nudillos y sus esferas ámbar me sonríen—. Encantado de conocerte y de que me salvarás de estos aprietos.
Que lindo.
Esperen.
¿Sir Trystan XIV de Sverkersson? ¿Qué tipo de nombre es ese? ¿XIV? ¿Eso es un nombre?
Ve la confusión en la que me ha metido su nombre, por ello me facilita las cosas.
—Solo llámame Trystan. —me aclara con ganas de reírse.
Le sonrío.
—Encantada de conocerte, Trystan.