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Retando al Príncipe

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Nellie, una mecánica.

Trystan, un príncipe.

¿Cómo podrían dos personas de mundos completamente distintos toparse?

Casualidad... no, Casualidad no. Destino. Después de todo el destino conoce muy bien el juego del amor.

¿Qué les faltaba para enamorarse?

Retos... muchos y traviesos retos.

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"Un día para recordar: La entrevista de trabajo"
Los pájaros comparten su hermoso canto, el olor a café recién preparado tira de mis labios para crear una sonrisa de satisfacción, los rayos del sol que pasan por mi ventana calientan mi sábana, avisándome que el día ha llegado. Oficialmente ha llegado. No lo puedo creer, está pasando. Es hoy. Hoy iré a una entrevista de trabajo, me he preparado durante semanas, he practicado mis respuestas. Estoy lista. Hoy será un buen día. Sonrío aún más y hago la cobija a un lado, descubriendo mi cuerpo, me siento a contemplar la vista que me ofrece mi ventana de la cuidad. Y es justo ahí, viendo el gigantesco cartel de McDonald’s que; como todas las mañanas; me impide ver todo, no bromeo, cubre la gran vista que solía tener. No es ameno levantarse y lo primero que veas sea la cara de un payaso con una sonrisa un poco siniestra. Me sacudo en un escalofrío, da miedo la forma de su cara. Frunzo el ceño. —Hoy no me a arruinar el día, Ronald McDonald —sentencio señalándolo con mi índice—. Claro que no, es mi día, nada podrá arruinarlo. Me despojo de la cama, debo arreglarme para ir a la entrevista de trabajo. El puesto al que me postulare tiene mucha competencia, sé que muchas chicas estarán ahí, quizás tengan más experiencias laborales que yo, solo he trabajado en el taller con mi tío. Bufo entrando al baño. Deja de pensar en eso, Nell, no tiene caso, tú sabes mucho, eres lo que buscan, inténtalo. Has gastado tiempo en esto, has estudiado hasta el cansancio, no te puedes rendir estando a hora y media de la entrevista. Vamos. Quedamos que nada podía arruinarte el día. Me doy una ducha que relaja mis pensamientos, peino mi cabello húmedo, debo hacer algo con el, tarde temprano explotará y pareceré una bruja, lo sacaría si tuviera tiempo, no hay de otra, lo ondulare con gel en el bus. Meto el gel en el bolso. Mi atuendo ya está tendido en mi cama, voy colocándome prenda por prenda, iniciando con la falda tubo que mi hermana me ha prestado. Miro absurdamente como luce. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué llevo puesto? ¿Esto es una falda? —Esto es horrible, está muy ajustada —paso mis manos por mis piernas—. ¿Cómo puedes usar esto, Nora? Hace frío, se me congelaran las piernas. Oh, luzco como alguien a quien le daría una golpiza. Suspiro profundo. Desapruebo, pero es el único recurso que tengo, y lamento que sea así. Exhalo, tratando de perder la compostura. Termino de subir el cierre, me pruebo la blusa y sorpresivamente es discreta, y recuerdo que esa prenda es mía. Me pongo el saco, que hace juego con la falda, y hacen una buena presentación formal. Precisamente lo que buscaba. Perfecto. ¡Los zapatos! ¿Acaso pienso ir descalza? Corro a mi armario, encuentro mi caja de zapatos nuevos, los que me regaló el abuelo. Acaricio la tapa, como si fuera mi corazón, o algo incluso más frágil. Hago a un lado la tapa, revelando el par más hermosos de zapatos del mundo. No hablo de la marca más lujosa, ni el par más caro. No es eso. Hablo del valor sentimental que tienen. Sentada en la cama los distingo, puestos en mis pies. Sonrío. Son hermosos. Gracias, abuelo. Cierro los ojos, sonriéndole a su recuerdo. Gracias por este presente, te extraño, haré que estés orgullosa de mí. Ya verás lo que logra tu nieta. Suspiro volviendo a la realidad, limpio los zapatos, quitándoles el polvo, no me he atrevido a usarlos, solo puedo usarlos en una ocasión especial. Como hoy. Estos zapatos son muy especiales, son… —¡Nellie! —mi madre, vocifera mi nombre con mucha fuerza— ¡Baja a desayunar, cariño! ¡Se te hace tarde! Enciendo mi celular, y en efecto voy retrasada, solo faltan media hora para que empiecen a evaluar las postulaciones. Tuerzo los labios, no me gustaría llegar tarde, daré la impresión de ser impuntual. Pataleo y bajo las escaleras, piso el quinto escalón y las risas retumban por el pasillo, me dirijo al comedor, que al entrar veo a toda mi familia reunida cotilleando sobre un programa de escándalos. Somos una familia grande, hay seis personas. Mi madre, con su cabello recogido, con azúcar en su mejilla, le encanta hacer postres, es dulce y aún es la mujer que cautiva a mi padre. El que está a su lado, la silla que usa no es cómoda, es una silla de ruedas, no tiene la altura adecuada para comer en la mesa, sin embargo, se ha acostumbrado a eso, sonríe mucho mientras bebe de la limonada que ha hecho mi hermana, nuestra limonada favorita. Lo admiro, después del accidente que le robó la movilidad de sus piernas aún está ahí, aún sonríe. Es muy fuerte. Quisiera ser tan fuerte como él. Mi hermana menor ve algo en su teléfono, seguro ve algo para cotillear con sus amigas, agita su cabello rubio brillante y lacio, igual al mío sólo que menos brillante, su cara está retocada con maquillaje, ¿no se acaba de despertar? ¿En qué momento se puso todo eso en la cara? Nunca lo sabremos, ella es así, linda y amable. Luego está mi tía Janet, comiendo tranquila, con su cabello n***o cayendo por sus hombros, sonriéndole a su desayuno, ella ayudó a mamá a hacer la mermelada de mora. Es exagerada, loca y da miedo cuando su enoja. Que si cara de ángel no te confunda. Se gira y le lanza una mirada pesada a su hijo. Mi primo Ayken, le dijo una barbaridad que ni escuché, está rellenado su pan con mermelada, lo hace de forma torpe, es un desastre, pero siempre tiene buenas intenciones. Y como si lo llevara en sus genes tiene cara inofensiva, cualidad que no posee. Es buena onda, se enoja fácil, le sale bien dramatizar y hacerse la víctima, y también es la cabra loca de la familia. Y por último la abuela, ella siempre ha vivido con nosotros, hace las mejores galletas que podrás probar en tu vida, fanática fiel de la música clásica, da buenos regaños, a su edad asiste con mi madre a clases de zumba, costurera y la de los poderes sabios en la familia. Si la vieras dudarías de que una vez atrapó a una zarigüeya. Esta es la mejor parte de mi vida, mi familia, mi caótica familia. —¿Qué novedades hay, familia? —pregunto riendo, y acercándome a papá, le planto un beso en la mejilla. Mamá se hace la ofendida, río más y corro a ella, la abrazo y le beso en la frente. —La única novedad que veo son esas curvas, hermana. —silba Nora, evaluándome de pies a cabeza. —¿Todo eso estuvo detrás del overol lleno de grasa? —bromea mi primo Ayken, refiriéndose al uniforme de trabajo que usamos en el taller. El overol naranja cubierto de manchas de grasas y con algunos parches que cosió mi abuela. —Supongo que sí, pero mira ese trasero —sigue mi hermana, realmente impresionada—. Es increíble lo que ese overol cubría, no me lo puedo creer. Yo tampoco… Ella sigue cotilleando sobre mi con Ayken, ese par de miradas me comen sin disimulo. Ayken abre su boca con la intención de decirme algo, seguramente otra de sus bromas y no lo permitiré. Tengo dignidad. Fue suficiente. Los señalo con mi mal carácter. —¡Dejen de molestarme o les daré una golpiza! —amenazo porque no tengo el ánimo suficiente como para lidiar con esos dos. Ambos ponen sus ojos en blanco, se ríen cómplices, suspiro sentándome en mi sitio, del lado de la abuela. Tomo su mano y la beso—. ¿Cómo estás? —No tan bien como tú, querida —devuelve, sonriéndome pícara—. Vestida así tal vez regreses con novio a casa. Todos en la mesa ríen de su broma, menos mi tía Janet, que no pierde su momento en la conversación. —Que Dios no lo permita —comenta llevándose la mano al pecho, gesto que exagera—. Todos mienten, no sirven, y al año de casarse te dejan por si secretaría joven. Claro, todos nos dejan por su secretaría, sobretodo el barrendero del vecindario. Nótese el sarcasmo. Mi tía no ha superado del todo su divorcio, y ya hace dos años que pasó. Supongo que no es fácil aceptar las circunstancias que le tocaron. Que tu esposo te sea infiel con su secretaría, y que tú misma los hayas pillado. No, no es algo que se pueda digerir con facilidad. —Mi tía tiene razón —concuerdo completamente con ella—. Todos son unos mentirosos. Ninguno dice la verdad —meneo la cabeza, decepcionada—. Que Dios no lo quiera —rezo rápido, tomando un pan relleno con mermelada de mora—. Todos son unos idiotas. Papá carraspea y detecto su mirada de poco amigos. Su mirada de “Retráctate o te daré una paliza”. —Menos papá. Claro está. —reparo y él retoma su comida. Suspiro aliviada, a mitad del suspiro él habla. —Nunca tengas novio. —arguya mi tía, y papá tose, se le ha quedado un poco de pan en la garganta, pan o las palabras que le luego de un sorbo de jugo le dice. —¿Acaso piensas dejarme sin nietos? —le reprocha, como si yo no estuviera aquí—. Ella tiene que formar su familia algún día. Carraspeo. —Suficiente. —sonrío forzoso, cerrando el tema. —Estás hermosa, pequeña —alaga con sinceridad, toma la mano de mi madre—, luces como tu madre cuando tenía tu edad. Mi madre ríe. —Es cierto, aunque yo me maquillaba. —indica acariciando mi cara. Giro los ojos, mordiendo el pan, masticándolo despiadadamente. Mastico rápido. —No pude convencerla de usar labial. —admite mi hermana. —Es innecesario. —No me digas. —ironiza. —Igual de innecesario que el boleto de lotería que compras todos los días. —franqueo, teniendo el apoyo de mi familia en lo que digo, menos la abuela. —Un día ganaré la lotería, me iré a Miami y te arrepentirás de haberme dicho esto. Todos los días compra un boleto con la ilusión de ganar. Como todas las personas que juegan la lotería, pero eso es muy arriesgado. Hay que tener mucha suerte. Y lo mejor de todo: nunca gana. Creo que el viaje a Miami se pospondrá para siempre. —Qué número, abuela. —le pregunta Nora a nuestra abuela, su aliada. —El ocho, mi niña. La abuela es la de la suerte en la familia, no tiene un trébol de cuatro hojas, tampoco la pata de un conejo. Solo confía mucho en su destino. Ojalá pudiera confiar de esa forma en el mío. —Se arriesgan mucho. —les digo en meros balbuceos, ella bufa rendida, sabe que no cedería. Desprevenida mi abuela me regala un golpe sutil en mi hombro izquierdo. —No hables con la boca llena. —sermonea. Trago y bebo un poco de jugo de naranja. —Lo siento. —me disculpo, reviso la hora y ya es hora de irme, me pongo de pie, mi madre insiste en que coma un poco más, muerdo otro pan dejándolo a medio comer, me despido de todos. —Deséenme suerte. —les suplico, parada en la entrada del comedor. —¡SUERTE! —gritan al unísono, haciéndome señas de que me fuera. Tomo mi abrigo, tiro de la puerta y la atravieso, me apresuro a llegar a la parada para esperar a que el bus pase. Me siento y la carretera está vacía. Genial. Mi cabello se va secando con la brisa, saco el gel para arreglarlo, aplico un poco y empiezo a rizarlo un poco, mi cabello no es tan lacio como el de mi hermana, tiene sus ondas, las defino con mis manos, el gel hace su función y mi cabello luce bien, según el cristal de la tienda cerca a la parada. Reviso mi reflejo en el cristal por última vez, lo apruebo. Estoy bien, o me veo como si lo estuviera. Giro al sonar unas bocinas, es el bus, corro a tomarlo, subo y le indico al chófer mi destino, llegando con dos minutos de retraso al sitio, por la ruta y las paradas que hacen. En el camino mi alarma sonó, la programé para levantarme, y me viene a avisar cuando voy rumbo al evento. ¿Qué clase de alarma es esta? Creo que la alarma vino averiada. La fila es inmensa, hay muchas personas. Muerdo mis labios, dudando de que si entrar será una buena idea. Mi celular vibra en mi bolso, como si mi mejor amiga sintiera mi inseguridad, me llama. Descuelgo y escucho un estruendoso estornudo. —Uh, ¿sigues resfriada? —inquiero avanzando a la fila, me ubico de última. —Nunca vayas a pescar sin abrigo —aconseja—, no lo hagas, podrías resfriarte. —Está bien, Lery, no lo haré. ¿Qué pasó con Brandon anoche? Ella me contó que tendrían una cita, no supe más y tengo curiosidad, el chico se veía interesado, había insistido tanto en que tuvieran una cita. —Aún no le doy respuesta —suspira, le cuesta decirle que “Sí” a los chicos—. Le dije que me lo pensaría. Y a ti, ¿Qué pasó con la entrevista de hoy? —Llevo falda. —le cuento. Alejo mi celular de la oreja, ha gritado. Escandalosa exagerada. Parece de mi familia. —¿Una falda? ¿Tú? ¿Qué te hicieron? ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? —me bombardea a preguntas. Giro los ojos, la fila avanza, bufo. —Tengo frío. —admito. Me da mucho frío, tengo las piernas descubiertas, obvio que me da frío. Me hundo en mi abrigo, es lo único que me arropa. —Pobrecita, ven luego a mi casa, te haré chocolate caliente. Me derrite el corazón. —Que esté bien caliente, y con… —Sí, sí, con malvaviscos también —me interrumpe, sabe cuanto me gustan los malvaviscos. Ríe—. ¿Estás preparada? —Sí, traje mi currículum, mi sonrisa y mis ganas de salir adelante. —sonrío y miro hacía adelante, mi sonrisa decae cuando mi vista se topa con un trío de chicas perfectas, que me miran con lástima y burla. —Seguro les vas a encantar. —¿Tú crees? —trago grueso, me repaso con la vista. Zapatos viejos, falta y saco prestados, blusa del siglo pasado, cabello mal rizado, sin maquillaje. Mi apariencia no encaja con las demás, siento fuera de lugar. Debí aceptar que Nora me maquillara un poco. Exhalo nerviosa. —Claro que sí, solo no les grites. —ríe de esa broma. Cierro los ojos lamentándome por haber venido. No pertenezco aquí ¿Qué aspiraba? Si hay un algo que odie mas que mi corta paciencia es como estallo cuando se acaba. Grito, soy grosera y mi mal carácter lidera mis acciones. Por suerte soy buena disculpándome, lo he hecho tantas veces que me sale fenomenal. ¿Puedo contarlo como un talento? Obviamente no. —Hey —escucho de Lery, parpadeo volviendo a la llamada— ¿Estás ahí? —Sí —jadeo—, pero no quiero estarlo. —Óyeme, no te hundas, no hay nadie mejor para ese puesto que tú. Ya lo hablamos. Y si no te eligen sabes que yo lo haré las veces que sean necesarias. Eres la mejor. Deja que todo fluya, déjate fluir. Vamos. Suspiro, más tranquila, sonrío. Tiene razón. —No es la única empresa en la industria automotriz del país ¿verdad? —No, pero tú sí eres única. Ellos lo verán, verán todo lo que sabes de autos y cuanto amo repararlos —ella suspira—. Cuando éramos pequeñas y me obligabas a ver las carreras de autos que transmitían en el programa local, me dijiste algo que te servirá ahora. Necesitas oírlo. —¿Qué dije? Solo recuerdo tu cara malhumorada porque te aburrían esas carreras. Ella ríe. —Soporté muchas, pero… me dijiste que… —exhala, y la escucho atentamente—. Los sueños son para correr, no para frenar. Sonrío, no lo recordaba. Los sueños son para ir tras ellos, no para detener ni limitarte. Solo para cumplirlos. —Era muy sabia, y tonta. —Lo eres, tonta, ahora ve y corre a tu sueño. Hazlo realidad. —Eso haré. Gracias por esto. —No hay de que. Debo colgar, tengo un chocolate caliente que preparar. —Nos vemos. —me despido. Cuelga, y mi celular emite una notificación de la batería, digo, de la baja batería. Bufo. Se me olvidó cargarlo anoche, no tengo tanta batería, y no me traje cargador. También olvidé meterlo en mi bolso. Mi memoria también está averiada, que sorpresa, seguro lo sabía y lo olvidé como siempre. La batería solo me duró dos horas, estaba cerca de la puerta, y hace una hora cerraron la entrada a más postulantes. Somos muchos, y dieron una hora fija para recibirlos a todos. Solo lo que estamos en esta fila tendremos la oportunidad de entrar. Es difícil, pero son estrictamente rígidos con las normas. Hago mi cabello hacía atrás por enésima vez, me molesta tener el cabello suelto, no estoy acostumbrada, siempre lo llevo recogido en una coleta muy alta. La idea de recogerlo me tentaba a hacerlo, además había unas tres chicas que lo llevaban de ese así que no me veré extraña si lo hago, no creo que mi aspecto o como lleve mi cabello importe tanto. Chasqueo mi lengua, dándolo por sentando. El aspecto no importa, el conocimiento y actitud sí. Me dirijo al baño para cambiar mi cabello, entro y un espejo ancho me recibe, vuelvo a lavar mi rostro, y saco una goma para el cabello, lo peino con las manos y paso a hacerme la coleta. Una chica entra y me atisba, me da la impresión de que quiere decirme algo, solo me observa, lavas sus manos y la veo irse. Quedo estática. Eso fue muy raro. ¿Por qué me miraba así? No soy un alíen. Bufo, acomodando la coleta, ya está. Mi rostro se ve más estilizado así, y la piel de mi cara es buena, gracias a las mascarillas que Nora me hace usar. Gracias por eso, hermana. Ajusto el saco, me doy una repasada. Todo está bien. Ahora corre a cumplir tus sueños, Nell. Me digo. Suspiro. —Vamos —me susurro, yendo a la puerta, tiro de ella, mas no abre—. Que extraño. Muy extraño. Volvamos a intentar. Segundo tirón y no consigo abrirla, la agito con mi mano en la perilla. Empiezo a desesperarme. Respiro profundo, vuelvo a intentarlo, tiro delicadamente de la puerta, no abre. ¡La puerta no abre!

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