Sara - actualidad (febrero del 2022)
Me clave la mirada de Eugene en mi mente, llevándomela conmigo. Me clave aquel instante en mi memoria. Aquel instante bajo los copos de nieve y las esencias floreciendo a nuestro alrededor.
Me gustaba estar con Eugene. Sentía algo. Algo por él. Mas, no sabia con certeza que era ese algo que percibía en el fondo de mi corazón. Y una parte de mi tenia miedo de descubrirlo.
Así que, solo me lleve su mirada, bajo aquella tarde nevada de febrero. Solo me lleve los pequeños copos de nieve impregnados en mi cuerpo. Solo me lleve aquel momento conmigo, haciéndolo parte de mis recuerdos.
Eugene provocaba ese algo, en mí, que me aterraba sentir. Qué me aterraba explorar. Sus ojos negros y la sonrisa que emanaba de ellos, me resultaba atractiva. Su delicadeza y su positivismo ante las cosas, me llamaban la atención. Me gustaba que Eugene era como un niño pequeño, que proyectaba su cariño, por medio de aquella mirada sonriente. Me gustaba lo inocente, que en ocasiones podía llegar a ser. Y me gustaba la visión de vida, que este podía llegar a tener. Su mente abierta. Sus creencias. Su fe para las cosas comunes de la subsistencia misma. Su fe a la humanidad. Eugene era un chico que veía lo bueno en las personas. Qué sonreía en toda circunstancia. Qué sonreía con su mirar, y contagiaba aquellas ganas de sonreír. Eugene contagiaba de su esencia encantadora. Eugene me contagiaba de su esencia encantadora.
Había algo, que me atraía a él. Sin embargo, me daba miedo descubrir la respuesta. Me daba miedo darme cuenta de que era aquello que me hacía sentirme tan atraiga hacia Eugene.
Así que solo proseguía, a atesorar cada momento a su lado. A llevarme conmigo los recuerdos. Nuestros recuerdos. Solo proseguía a vivir aquellas memorias en mi cabeza, y reproducirlas, pensando en las posibilidades. Pensando en él hubiera. Pensando en él. En Eugene. En los recuerdos. En los momentos. Y en las miradas profundas, que guardaba de él. En mi cabeza. En mi memoria. En mis recuerdos.
Me dirigía a Brooklyn, en uno de los taxis, observando la ciudad nevada, los edificios que se alzaban y las calles transitadas, que se encontraban cubiertas de nieve. Me dirigía a Brooklyn, en uno de los taxis, con la ventanilla del auto abierta, permitiéndome ser una con el frio viento fresco, que helaba los huesos. La ciudad bajo la densa nieve, daba un aspecto distinto. Me gustaba la manera en la que lucia la ciudad de Nueva York bajo la nieve.
Me dirigía a Brooklyn, con el propósito de asistir a la cena, a la que mi hermana Layla me había invitado. La cena en la que, finalmente, conocería a su reciente prometido.
En ese momento, las cavilaciones pasaban por mi cabeza, una por una. Las cavilaciones acerca de mi hermana. Y de lo ultimo que habíamos hablado el día anterior. Nuestra conversación acerca de nuestra madre. Odiaba hablar de aquello con Layla. Odiaba saber que mi hermana había sido capaz de perdonar al monstruo de mi madre. Sentía que aunque estuviera lejos de mi, la mujer que me dio la vida, seguía arruinándomela. Seguía arruinando mis días, no solamente con los recuerdos de aquella noche infernal de noviembre. Si no por el desacuerdo que creaba entre mi hermana y yo. Era como si yo fuera la mala de toda esa situación, cuando el verdadero monstruo era ella. Cuando el verdadero monstruo era, nada más y nada menos, que mi propia madre. Y odiaba sentirme así. Sentirme como si yo fuera la mala de toda esa situación. De toda nuestra situación familiar.
En ese instante, en el taxi, mientras observaba la ciudad tornarse de un color blanquecino, sintiendo los aromas y el viento, abrazarme el rostro con fuerza, me decidí a mi misma, dejar de pensar en aquello. Dejar de pensar en la conversación que había tenido con mi hermana Layla, el día anterior. Decidí olvidar el recuerdo de mi hermana y la división que creaba entre Layla y yo. Decidí olvidar todo, tan solo unos momentos, y concentrarme en lo que estaba por venir. Concentrarme en Layla, en su felicidad y en el prometido, que pronto conocería.
Finalmente, llegue al departamento de Layla, en Brooklyn.
—Hola, hermana—me saludó Layla, mientras me daba el pase a su colorido departamento.—¿Qué tal del frio? Es increíble que nevara.
La seguí por el pasillo de este, percibiendo los cálidos aromas del entorno; percibiendo los colores verdizos que se exponían sobre las paredes. Mientras más nos adentrábamos al departamento, mis oídos detectaron una voz. Una voz que me era más que familiar.
¿Sera…? No, es imposible..
Aquella voz era un tañido del pasado. Un tañido de mis recuerdos.
Aquella voz, era de alguien. Alguien que me atraía con lazos invadidos de una añeja conexión que nunca dejaría de ser..
Aquella voz..
—¿Zedd..?