Atrás quedó la casa de Diana y su quebrada aura acogedora, las personas dentro, seguramente terminando de debatir ese tema que había quedado inconcluso, o por el contrario, dando por finalizada aquella charla tan pesada y punzante. El parabrisas del auto mostraba claramente la velocidad en la que avanzaba el automóvil, no necesitaba mirar el iluminado control de mandos y tampoco que hubiera querido voltear hacia ese lugar. —Bien —dijo afincadamente entre dientes, asintiendo—. Que bien te ha salido esta última jugada. Apenas abrió la boca lo que salió de allí fue un pestilente olor a alcohol. Me alarmé. —¿Estás… ebrio? —dije con incredulidad y una pizca de horror. > pensé con certeza de que había metido la pata al subirme al auto. —¿E

