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            No vi qué cosas pasaban a mí alrededor o de qué color estaba el cielo en ese momento en Caracas. Simplemente tomé un taxi y le di la dirección de la quinta. Al bajar noté el suelo húmedo, había llovido. Ignoré a Marcus que como estatua de muy mal gusto estaba parado junto a la puerta principal de la infraestructura, tampoco saludé al perro. Pero al llegar a la sala me encuentro a Tania oliendo una de las rosas nuevas que estaban en un jarrón en medio de una pequeña mesa de la sala. —Hola —dije, arrastrando la maleta. —Has llegado, Josephine —canturreó sin entusiasmo, sonreí por pura cortesía. —¿Está Jorge en casa? —quise saber, de camino a las escaleras. —Vino no hace mucho rato —contestó con la flor cerca de su boca, mirando otras cosas sobre la mesita bajo la que estaba e

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