—¿De qué quieres que hablemos? —pregunté tranquilamente, guardándome el móvil en el bolsillo de mi abrigo azul de buen cinturón. —De ti —respondió él pagando por tres prismáticos de larga vista que vendían a la entrada del salón teatral. —¿Cómo amigos o como padre e hija? —consulté, recibiendo mi prismático de él cuando se los entregaron y le dimos pasos a los siguientes compradores. —Más bien como un maniaco verdugo y la hija a la que protege —comparó con esa analogía propia de él y su habla—. ¿Cómo están aconteciendo en realidad las cosas en el lugar en el que vives? No había por qué disimular. —Jorge y yo estamos como perros y gatos, su madre me cae de la patada y algún imbécil está difamando por las r************* a la persona que me gusta. Se llama Diana, por cierto

