No sé cuánto tiempo pasó desde que vi su cuerpo conectado a esas máquinas. Quizás fueron segundos, minutos, o una eternidad completa. El reloj del hospital colgado en la sala no se movía, o tal vez era yo la que había dejado de percibir el tiempo. Solo escuchaba el pitido constante del monitor que medía su corazón… el mismo que me pertenecía a mí. Me aferré al cristal, mis dedos temblorosos marcando huellas sobre el vidrio frío. Sentía las piernas débiles, como si se desvanecieran bajo mi cuerpo. Liam estaba ahí, pero a la vez no. Su cuerpo parecía dormido, su rostro demasiado pálido, y cada tubo que salía de él me arrancaba un grito silencioso. —Por favor… —susurré sin voz—. Quédate. Por favor, Liam… no me dejes. El rostro de su madre al verlo fue devastador. Dejó caer su bolso, y sus

